Jovenes por siempre, Carmelitas de Corazón, Creciendo juntos. Ecuador en la Mitad del Mundo

martes, noviembre 23, 2010

El silencio de Dios


Cuenta una antigua leyenda, acerca de un hombre llamado Haakon,
quien cuidaba una Ermita. A ella acudía la gente a orar con mucha
devoción. En esta ermita había una cruz muy antigua. Muchos
acudían ahí para pedirle a Cristo algún milagro. Un día, el
ermitaño Haakon quiso pedirle un favor. Lo impulsaba un sentimiento
generoso. Se arrodilló ante la cruz y dijo:
- Señor, quiero padecer por ti. Déjame ocupar tu puesto. Quiero
reemplazarte en la cruz.

Y se quedó fijo con la mirada puesta en la cruz, como esperando la
respuesta. El Señor abrió sus labios y habló. Sus palabras cayeron
de lo alto, susurrantes y amonestadoras:
- Siervo mío, accedo a tu deseo, pero ha de ser con una condición.
- ¿Cuál, Señor?, - preguntó con acento suplicante Haakon-. ¿Es
una condición difícil? Estoy dispuesto a cumplirla con tu ayuda, -
respondió el viejo ermitaño-.
- Escucha: suceda lo que suceda y veas lo que veas, has de
quedarte en silencio siempre.
Haakon contestó:
- ¡Te lo prometo, Señor! Y se efectuó el cambio.

Nadie advirtió el trueque. Nadie reconoció al ermitaño, colgado de
los clavos en la cruz. El Señor ocupaba el puesto de Haakon. Y éste
por largo tiempo cumplió el compromiso. A nadie dijo nada.

Pero un día, llegó un rico. Después de haber orado, dejo allí
olvidada su cartera. Haakon lo vio y calló. No dijo nada cuando un
pobre, que vino dos horas después, se apropió de la cartera del
rico. Tampoco dijo nada cuando un muchacho se postró ante él, poco
después, para pedirle su gracia antes de emprender un largo viaje.
Pero en ese momento volvió a entrar el rico en busca de la bolsa.
Al no hallarla, pensó que el muchacho se la había apropiado. El
rico se volvió al joven y le dijo iracundo:
- ¡Dame la bolsa que me has robado!
El joven sorprendido, replicó:
- ¡No he robado ninguna bolsa!
- ¡No mientas, devuélvemela enseguida!
- ¡Le repito que no he cogido ninguna bolsa! -afirmó el muchacho-.
El rico arremetió, furioso contra él. Sonó entonces una voz fuerte
que dijo:
- ¡Detente!

El rico miró hacia arriba y vio que la imagen le hablaba. Haakon,
que no pudo permanecer en silencio, gritó, defendió al joven, e
increpó al rico por la falsa acusación. Este quedó anonadado, y
salió de la ermita. El joven también salió porque tenía prisa para
emprender su viaje.

Cuando la ermita quedó a solas, Cristo se dirigió a su siervo y le
dijo:
- Baja de la cruz. No sirves para ocupar mi puesto. No has
sabido guardar silencio.
- Señor, -dijo Haakon- , ¿Cómo iba a permitir esa injusticia?
Se cambiaron los oficios. Jesús ocupó la cruz de nuevo y el
ermitaño se quedó ante la cruz. El Señor, siguió hablando:
- Tú no sabias que al rico le convenía perder la bolsa, pues
llevaba en ella el precio de la virginidad de una joven mujer. El
pobre, por el contrario, tenía necesidad de ese dinero e hizo bien
en llevárselo. En cuanto al muchacho que iba a ser golpeado, sus
heridas le hubiesen impedido realizar el viaje que para él
resultaría fatal. Ahora, hace unos minutos acaba de zozobrar el
barco y él ha perdido la vida. Tu no sabías nada. Yo sí sé. Por
eso callo. Y el señor nuevamente guardó silencio.

Muchas veces nos preguntamos: ¿Por qué razón Dios no nos contesta?
¿Por qué razón se queda callado? Muchos de nosotros quisiéramos que
Él nos respondiera lo que deseamos oír. Pero, Dios no es así. Dios
nos responde aún con el silencio. Debemos aprender a escucharlo.
Su divino silencio, son palabras destinadas a convencernos de que Él
sabe lo que está haciendo. En su silencio Él nos dice con amor:
- ¡Confiad en Mí, que Yo sé muy bien lo que debo hacer!

"Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá.
Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que
llama, se le abrirá" Mateo 7:7-8

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