Jovenes por siempre, Carmelitas de Corazón, Creciendo juntos. Ecuador en la Mitad del Mundo

viernes, octubre 19, 2012

Para Pedrito y María con todo cariño



Hoy estoy sentada frente a este computador, pensando en que palabras podrían describir lo que siento cuando pienso en el Pedrito y al mirar este momento me doy cuenta de que hace mucho tiempo que pienso en él.  He pensado en su cara, en sus expresiones, en sus manos, en su voz y no me he podido quitar de la mente al Pedrito. Y cuando pienso en él, tampoco puedo dejar de pensar en la Mariita.  Para mí no hay Pedrito Landázuri sin Mariita Arias.  Mi corazón no acepta que este equipo, que esta pareja puedan separarse y cuando sigo pensando en ellos, la sensación que tengo es de inmensa ternura, de amor profundo.  Se me viene a la memoria una fiesta en Guayllabamba en una casa acogedora en donde todos reíamos, nos mojábamos (porque era carnaval), bailábamos y seguíamos riendo.  Y ahí, el Pedrito y la Mariita con nosotros, aguantándonos, acolitándonos en nuestras locuras.  Y también me acuerdo de una camioneta en donde íbamos en la parte de atrás bajando de Moncayo y  oyendo el silbido que venía de lejos, y en plena bajada veíamos correr al Pedrito y todo el grupo detrás, que con guitarras y mochilas nos hacían señas para que les viéramos.  Y cuando se subían al carro, el Pedrito lo que primero hacía era decirnos: muchas gracias hermanitos!!!

“Muchas gracias”, me repito en la mente, “muchas gracias”… que significa este “muchas gracias”?  Para mí significa una vida, la vida del Pedrito y la Mariita.  Una vida de la cual somos fruto los que estuvimos en el Carmelo y muchos más.  Somos lo que somos por el compromiso y amor de muchas personas entre estas, ustedes dos:

·         Muchas gracias por el cariño con que nos trataron, por la forma como nos acogieron en su casa y en sus vidas: casas y vidas de puertas abiertas para todos los que tenemos un corazón.
·         Gracias, por el ejemplo de amor, de pareja, de familia, de comunidad, que nos inspiran a creer que el amor para toda la vida si es posible.
·         Gracias por las opciones de vida y la radicalidad del amor, por los pobres, por los desprotegidos, por los niños y niñas en la catequesis, por los hombres y mujeres en la lucha por mejorar sus barrios y sus comunidades.
·         Gracias por la posibilidad de ver en sus vidas como la santidad se hace carne: santidad ante el dolor físico, ante la adversidad, ante las enfermedades….. santidad de aceptar el sufrimiento y el dolor y entregarlo al Dios de la vida como ofrenda de amor.
·         Gracias por los dulcecitos, por la palabra presente, por los abrazos, por las miradas…. Por la ternura.
·         Gracias por las oraciones en la capilla en donde la voz profunda del Pedrito no solo resonaba en el ambiente, sino que latía en el corazón, cuando leía “ este rostro señor me vuelve loco” o cantaba “Jesucristo que tienes que ver conmigo”.
·         Gracias por incluirnos en su familia, en donde la mamá del Pedrito nos recibía siempre con amor y cariño, y nos mostraba de donde había sacado el Pedrito su dulzura y en donde la violetita era como sobrina nuestra cuando era pequeñita.
·         Gracias infinitas, por llenarnos el corazón con amor, por inspirarnos a tener esperanza frente a los problemas, por animarnos a creer y tener fe en este Dios de la vida, que desde la juventud nos convocó a la opción por los pobres…. Gracias solo por haber sido quienes son y haber estado en nuestras vidas.

Mariita, el equipo nunca se rompió y nunca se romperá…  está y estará porque el amor lo cree todo, lo espera todo…. Porque el amor no pasará.
Pedrito, sigue aquí y seguirá siempre porque está en cada uno de los que estamos aquí. Si cerramos los ojos en este instante y pensamos en usted, todos nos daremos cuenta de que nuestra vida fue tocada, transformada y hecha por algo que usted puso.  Entonces por qué estar triste, porque lloramos? 

En mi corazón solo hay alegría!!  Porque Jesús lo dijo:
Bienaventurados los pobres de espíritu: porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos: porque ellos poseerán la tierra.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia: porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos: porque ellos obtendrán misericordia. 
Bienaventurados los puros de corazón: porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los pacificadores: porque ellos serán llamados hijos de Dios.


Y ahora yo lo digo también:

Bienaventurado Pedrito, porque fue y es un hombre manso, que amó a los pobres, que tuvo hambre y sed de justicia, misericordioso, puro de corazón, pacificador; y por todo esto tengo la certeza de que está viendo a Dios, de que él le ha llamado su hijo, que está en el Reino de Dios y que está siendo saciado por su amor.

Y Bienaventurados nosotros y nosotras, por ser testigos de todo esto, por haberles tenido al Pedrito y a la Mariita y seguirles teniendo.

Por eso este es un momento de celebración,  porque cuando se agradece por alguien, el corazón solo puede llenarse de alegría.  Honremos la vida de nuestro amigo, no con lágrimas, sino con sonrisas…. Sonrisas que nos motiven a ser un poquito de lo que fue y seguirá siendo nuestro querido Pedrito, Carmelita, por siempre!

María de los Angeles

jueves, octubre 18, 2012

TODO



Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan y cuando os calumnien de mil modos por causa mía. Alegraos y regocijaos, porque grande será en los cielos vuestra recompensa. (Mt 5,11- 12)

No penséis que he venido a poner paz en la tierra, no vine a traer paz sino  espada. (Mt 10,34)

Si el mundo os aborrece, sabed que antes me aborreció a Mí. Si fueseis del mundo, el mundo os amaría como cosa suya; pero porque no sois del mundo, sino que Yo os escogí del mundo, por eso el mundo os aborrece. Acordaos de mis palabras: «No es el siervo mayor que su señor. Si me persiguieron a Mí, también a vosotros os perseguirán». (Jn 15,18-20)

He oído predicar el Evangelio a un sacerdote que vivía el Evangelio. Los pequeños, los pobres, quedaron entusiasmados, los grandes, los ricos, salieron escandalizados, y yo pensé que bastaría predicar sólo un poco el Evangelio para que los que frecuentan las iglesias se alejaran de ellas y para que los que no las conocen las llenaran.

Yo pensé que era una mala señal para un cristiano el ser apreciado por la «gente bien».
Haría falta —creo yo— que nos señalaran con el dedo tratándonos de locos o revolucionarios.
Haría falta —creo yo— que nos armasen líos, que firmasen denuncias contra nosotros, que intentaran quitarnos de en medio.
Esta tarde, Señor, tengo miedo, tengo miedo porque sé que tu Evangelio es terrible:
es fácil oírlo predicar,
es todavía relativamente fácil no escandalizarse de él, pero vivirlo... vivirlo es bien difícil.
Tengo miedo de estarme equivocando, Señor. Tengo miedo de estar satisfecho con mi vidita decorosa,
tengo miedo de las buenas costumbres que yo tomo por virtudes,
tengo miedo de mis pequeños esfuerzos que me dan la impresión de avanzar,
tengo miedo de mis actividades que me hacen creer que me entrego,
tengo miedo de mis sabias organizaciones que yo tomo por éxitos,
tengo miedo de mi influencia: me imagino que transforma las vidas,
tengo miedo de lo que doy, pues me esconde lo que no doy,
tengo miedo porque hay gente que es más pobre que yo, los hay peor instruidos que yo peor desarrollados peor albergados peor abrigados peor pagados peor
alimentados menos acariciados menos amados. Yo tengo miedo, Señor, pues no hago bastante por ellos, no hago todo por ellos.
Sería necesario que yo lo diera todo
sería necesario que yo lo diese todo hasta que no quedara ni un solo sufrimiento,
ni una sola miseria, ni un solo pecado en el mundo. Haría falta, Señor, que yo lo diera todo, todo y siempre.
Haría falta que yo diera mi vida.
Pero no, esto no puede ser verdad del todo,
no puede ser verdad para todos. Estoy exagerando, hay que ser razonables.

Hijo mío, no hay más que un solo mandamiento para todos:
«.Amarás con todo el corazón
con toda el alma
con todas sus fuerzas.»

Miche Quoist

miércoles, octubre 17, 2012

«Llegué a entender que la muerte no es la última palabra, que no estamos aquí por casualidad»


Blanca López-Ibor
 “No te impliques tanto que vas a sufrir mucho”, le dijeron al comienzo de su carrera a la doctora López-Ibor cuando trataba a una niña con leucemia. Ella respondió: “No me gustaría ser esa niña, ni sus padres, y tener un médico como tú”. Así empezó su vocación por la oncología pediátrica. Ella no trata el cáncer, sino a niños con cáncer. Por eso, toda su energía se desgasta no solo en curar a sus pacientes, sino en conseguir que integren la enfermedad en su vida normal.

Los miedos del niño
Quince mudanzas y distintos hospitales públicos y privados le ha costado a Blanca López-Ibor formar una unidad de oncología pediátrica [en el Hospital Montepríncipe de Madrid] hecha a la medida de las necesidades de los niños con cáncer y sus familias. Ante la enfermedad, un niño tiene dos miedos: al dolor y a estar solo. Por eso, en esta unidad todos los procedimientos dolorosos se realizan bajo anestesia y los niños están siempre acompañados por sus padres.

Incluso en la antesala del quirófano, y siempre que es posible, los niños se duermen en los brazos de sus padres y se despiertan junto a ellos. Por eso la consiga de “el niño en el centro” aquí no es solo una teoría. “No hacemos lo que el médico o el hospital necesitan, sino lo que el niño necesita, como lo necesite y cuando lo necesite, tanto desde un punto de vista técnico como intelectual, social, psicológico y espiritual”, explica la doctora.

En este rincón del hospital no hay una sala de quimio como tal, sino un salón de juegos, un aula de música, un bosque donde celebrar cumpleaños -y en el que los adolescentes hacen fiestas con sus amigos-, un sacerdote de forma permanente y un colegio con un horario de clases en el que ni la propia doctora López-Ibor interrumpe a los alumnos... Este lugar no da miedo, y no porque las paredes estén decoradas con motivos infantiles, sino porque es un sitio donde se respira mucha vida.

Mudanza del alma
Blanca López-Ibor nos recibe en su despacho, otrora repleto de fotos de sus niños, y que ahora viste desnudo. “Hace poco tuve que hacer mudanza del alma”, se excusa. No es de piedra. Llora, abraza, ríe y calla con estos pequeños que le han robado el corazón. Hoy, abre su consulta a Misión para ayudarnos a atisbar un poco mejor este gran misterio que es la enfermedad de un niño. Pero empecemos por el principio.

¿Cómo se supera el miedo inicial ante el diagnóstico de cáncer de un hijo?
Al principio los padres están aterrorizados, ¿cómo no vas a tener miedo a la enfermedad de un hijo? Pero parte del miedo se cura con información, por eso les hacemos expertos en la enfermedad. Aquí todos los niños conocen su diagnóstico, su tratamiento y los efectos secundarios más importantes. Conocí a un niño en un hospital en el que trabajé que se llamaba Gorka. Le pregunté: “¿Tú qué tienes?” Y me dijo: “Una diabetis”. Tenía un linfoma. Así que me dirigí a sus médicos y les pregunté: “¿Por qué le habéis dicho que tiene una diabetes, que es una enfermedad que no se cura, en vez de un linfoma, que sí se cura?” Por eso aquí todos saben el nombre exacto de su enfermedad. Informamos a la vez a padres e hijos. Esa escena de habitación de hospital en la que sale la madre para hablar con el médico es aterradora para el niño. Así que jamás hablamos con unos padres en un pasillo, hablamos con el niño y, a través de él, con los padres. Cuando es necesaria una conversación a puerta cerrada la tenemos siempre en el despacho. Esto es especialmente importante en el adolescente, puesto que necesita confiar en su médico y no saber que están hablando de él “por detrás”. Otra parte del miedo se cura caminando por dos carriles: el de la confianza y el de la esperanza. Cuando digo esto, los padres interpretan que significa que confíen en mí, y no es en mí en quien tienen que confiar; la confianza y la esperanza están mucho más arriba.

¿Se puede llegar a entender la enfermedad de un niño?
La primera pregunta que se hacen las familias cuando vienen es por qué, ¿por qué está mi hijo enfermo?... y esa no es la pregunta. Esa pregunta te tira al pozo, porque no podemos saber por qué este niño sí y este otro no. La pregunta correcta es para qué. Yo les digo: “Cuando te levantes, pregúntate qué estás haciendo en este mundo. No se me ocurre mejor respuesta que acompañar a un hijo en una enfermedad grave. Y ahora mismo lo que necesita el niño eres tú”. Los niños buscan la seguridad en la mirada de sus padres y lo que más les asusta es verles inseguros. Dicen que los niños, a diferencia de los adultos, no sufren de más compadeciéndose de sí mismos.

¿Ha notado usted un modo peculiar en los niños de vivir la enfermedad?
Yo coloco a los padres desde el primer día en la situación. “El que está enfermo es tu hijo, tú no tienes leucemia, estás en este mundo para acompañarlo y eres un privilegiado porque lo vas a poder hacer. Así que, cuando te levantes, coge la pasta de dientes, pinta un ombligo en el espejo y cuando te canses de mirarlo sal a la calle. No mires tu propio dolor porque estarás perdiendo un tiempo que puedes ocupar en ver y oír cosas que nunca imaginaste que ibas a ver u oír”. Así salen de ese bucle en el que entran. Y eso se aplica al adulto enfermo. Es verdad que, cuando te duele algo, ese dolor ocupa todo en ese momento, pero los médicos tenemos formas de quitar el componente físico del dolor; el componente psicológico y espiritual es otro tema, que trabajamos en este camino. Yo creo que los adultos podemos comportarnos como los niños. Seguro que conocemos a enfermos adultos que, aun estando gravemente enfermos, están sacando a la vida todo lo que la vida tiene. Si no tienes dolor y te encuentras bien, ¿por qué no vas a ir a trabajar?, ¿por qué vas a renunciar a la vida, si hay tanta vida dentro de una enfermedad? Por eso los niños que no pueden no van al colegio, pero si pueden, van, porque eso les hace sentirse bien, seguros y tranquilos. La enfermedad no es un paréntesis en la vida; forma parte de ella. Hay mucha más vida dentro de la enfermedad que fuera de ella, es mucho más real lo que vives cuando estás enfermo. Una de las grandes lecciones de mi vida me la dio Dani, que en medio de su enfermedad hizo todos los viajes y planes que quiso, y no faltó al instituto ni un solo día. Él me marcó el camino que pienso vivir.

¿Qué cambios percibe en padres e hijos desde que llegan aquí hasta que se marchan con el sello de "curados"?
Ese es el gran milagro. Cambian como personas, cambian su escala de valores, descubren lo que es importante, utilizan otro lenguaje, incluso un lenguaje médico… Antes, si el niño se hacía un esguince, era un trauma, ahora no. La vida cambia, pero integramos la enfermedad en la vida normal de la familia. Cuando comencé en esto, solo el 40% de los niños se curaba; hoy en día, se cura más del 80%. Así que el objetivo de mi trabajo no es solo curar al niño, sino lograr que llegue a ser un adulto sano desde el punto de vista físico, psíquico, social y espiritual. Y por eso esta unidad funciona así.

Y cuando no se puede curar a un niño, ¿en qué consiste su labor?
Tratamos de curar a la familia. Cada quince días me reúno con dos grupos de padres de niños que murieron. Nos acompaña un sacerdote y ellos me han enseñado que esto vale la pena, incluso cuando entra un niño por la puerta con un tumor que sé que no se puede curar. Si se cura o no también he aprendido que no está en mis manos. El día que entendí el concepto de ser instrumento la cosa cambió. Y tengo que ser un instrumento muy afinado y aportar todo lo que puedo como médico y persona que soy.

¿Qué consuelo puede haber para un padre al que se le muere un hijo?
Cuando estás roto de dolor porque se te ha muerto un hijo, el pensar que tienes que estar en esta vida porque tienes que cuidar de otros hijos, no basta. Te ayuda saber que hay cosas que no acaban con la muerte, y que no vas a dejar de querer a tu hijo. Yo buscaba el alma en las autopsias, es decir, pensaba que todo se acaba aquí, que somos células y punto. Pero descubrí que hay algo más que no se pesa, que no se mide, pero que está, y que además es mucho más real que las propias células. Yo creo que el sentido de la vida es aprender a vivir con otro tipo de presencia. Aquí los niños se mueren con mucha Vida, y los padres se agarran a esa Vida. Esto es un camino que tienen que recorrer y en el que hay unas caídas tremendas, pero las caídas acaban siendo cada vez más blandas en la medida que van mirando más “hacia arriba”. Ellos me han enseñado que se puede ser feliz en medio del dolor. Les ayudamos a entender que el sentido está dentro de ellos. Si hubo alguien que murió y resucitó y dijo “yo me voy a quedar con vosotros hasta el fin de los tiempos”, y nosotros seguimos ese camino, pues si mueres, estás; de otra forma, pero estás.

¿Cómo ha pasado de "buscar el alma en las autopsias" a sentir con claridad que la vida continúa tras la muerte?
El punto de inflexión fue ver morir a mi hermano Javier. Murió en seis meses y verle evolucionar durante su enfermedad me cambió. Murió en mis brazos con cara de niño y me dije: “Me estoy perdiendo algo”. Hubo una caída del caballo, y llegué a entender que la muerte no es la última palabra, que no estamos aquí por casualidad, que estamos hechos para ser felices, que somos muy queridos y que tenemos mucha capacidad de querer.

¿Hasta qué punto le ha afectado el trato diario con niños enfermos en la relación con sus propios hijos?

Yo soy médico incombustible, nací para esto y soy médico las 24 horas del día, no desconecto. Igual que mis hijos están en mi cabeza por la mañana cuando estoy en el hospital, los niños del hospital están conmigo cuando estoy en casa, forman parte de mí. Eso no quiere decir que no sufra; me cuesta venir al hospital todas las mañanas y enfrentarme a lo que me tengo que enfrentar, y el día que me deje de costar dejaré de ser médico.

¿Podría trabajar en esto sin fe?
Yo no tenía fe y era un médico relativamente bueno. Pero ahora sé perfectamente qué hago en este mundo. Además, sé que los niños que murieron están con Jesús y Jesús está vivo, sé que están bien y que me siguen queriendo un montón. Tener esa experiencia todos los días me ha hecho inmensamente feliz.

¿Se puede ser un buen médico sin fe?
Probablemente sí, pero se es mucho más feliz con fe.

* * *
Gracias a la unidad de oncología pediátrica que dirige Blanca López-Ibor y al empeño de la presidenta de la Fundación Mujer, Familia y Trabajo, Gloria Juste, se consiguió hace un año que el Ministerio de Trabajo aprobara la prestación por cuidado de menores afectados por cáncer u otra enfermedad grave, con el fin de que uno de los padres tenga un permiso laboral para acompañar a su hijo. “No es un derecho de los padres, es un derecho del niño a estar con sus padres cuando está enfermo en el hospital o en casa y no puede ir al colegio”.

Ahora, la doctora se ha marcado un nuevo objetivo: convencer a los colegios de que los niños con cáncer son como los demás y deben ser tratados como tal. “Hay algunos centros donde les regalan las notas, y eso ofende a un niño profundamente”, explica. “Los niños no quieren ser héroes ni quieren dar pena, no desean ser especiales; por eso, debemos crear una cultura de verdad, no una cultura desde la pena ni desde el morbo. La enfermedad forma parte de la vida, le da sentido, la enriquece, te hace descubrir lo importante y te hace feliz, porque descubres a la gente que te quiere y lo que tú eres capaz de querer”.

lunes, octubre 15, 2012

¿Por qué lo olvidamos?

Para Jesús, el primero no es el que ocupa un cargo de importancia, sino quien vive sirviendo y ayudando a los demás...
Camino de Jerusalén, Jesús sigue instruyendo a sus discípulos sobre el final que le espera. Insiste una vez más en que será entregado a los hombres y estos lo matarán, pero Dios lo resucitará. Marcos dice que "no le entendieron y les daba miedo preguntarle". En estas palabras se adivina la pobreza de los cristianos de todos los tiempos. No entendemos a Jesús y nos da miedo ahondar en su mensaje.

Al llegar a Cafarnaún, Jesús les pregunta: "¿De qué discutíais por el camino?". Los discípulos se callan. Están avergonzados. Marcos nos dice que, por el camino, habían discutido quién era el más importante. Ciertamente, es vergonzoso ver al Crucificado acompañado de cerca por un grupo de discípulos llenos de estúpidas ambiciones. ¿De qué discutimos hoy en la 

Iglesia mientras decimos seguir a Jesús?
Una vez en casa, Jesús se dispone a darles una enseñanza. La necesitan. Estas son sus primeras palabras: "Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos". En el grupo que sigue a Jesús, el que quiera sobresalir y ser más que los demás, se ha de poner el último, detrás de todos; así podrá ver qué es lo que necesitan y podrá ser servidor de todos.

La verdadera grandeza consiste en servir. Para Jesús, el primero no es el que ocupa un cargo de importancia, sino quien vive sirviendo y ayudando a los demás. Los primeros en la Iglesia no son los jerarcas sino esas personas sencillas que viven ayudando a quienes encuentran en su camino. No lo hemos de olvidar.

Para Jesús, su Iglesia debería ser un espacio donde todos piensan en los demás. Una comunidad donde estamos atentos a quien nos puede necesitar. No es sueño de Jesús. Para él es tan importante que les va a poner un ejemplo gráfico.

Antes que nada, acerca un niño y lo pone en medio de todos para que fijen su atención en él. En el centro de la Iglesia apostólica ha de estar siempre ese niño, símbolo de las personas débiles y desvalidas, los necesitados de apoyo, defensa y acogida. No han de estar fuera, junto a la puerta. Han de ocupar el centro de nuestra atención.

Luego, Jesús abraza al niño. Quiere que los discípulos lo recuerden siempre así. Identificado con los débiles. Mientras tanto les dice: "El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí...acoge al que me ha enviado".

La enseñanza de Jesús es clara: el camino para acoger a Dios es acoger a su Hijo Jesús presente en los pequeños, los indefensos, los pobres y desvalidos. ¿Por qué lo olvidamos tanto?

José Antonio Pagola

sábado, octubre 13, 2012

El Concilio de los que no vivimos el Concilio

Nací en 1976. No tengo, pues, experiencia directa del Concilio Vaticano II. Como, por otro lado, la gran mayoría de los fieles católicos del mundo. No sentí la emoción por la procesión de las antorchas, el «Discurso de la Luna» o el «Pacto de las Catacumbas», aunque mucho he leído, y escuchado, de boca de algunos de sus protagonistas, y de mis padres, que vivieron con ilusión y esperanza lo que muchos denominaron «primavera de la Iglesia».
 
Crecí en una parroquia de barrio obrero en Getafe, cuando era impensable ver a un sacerdote con alzacuellos o sotana. Las misas siempre fueron en castellano, con el cura de frente al pueblo, sin hisopos exagerados ni paseos con el Evangelio en alzas. Sin ancianas con artrosis y las rodillas destrozadas de tanto agacharse y levantarse. Las misas eran participativas, incluso en alguna ocasión se nos cedía el puesto a los jóvenes para «hacer la homilía». Los consejos pastorales funcionaban, cantábamos en el coro la Misa campesina, el Alegre la mañana, el Pescador de hombres o el Alabaré.
 
Vivíamos de lleno en la parroquia, que a muchos salvó de caer en las drogas o en el alcohol. Los grupos de jóvenes, desde catequesis a postconfirmación, estaban repletos, y monitores y catequistas eran laicos de todas las edades, hombres y mujeres, que colaboraban con los sacerdotes en el día a día. La parroquia no era propiedad de los curas, sino de la comunidad. Íbamos de campamento, peregrinábamos a Lourdes o Santiago, descubríamos la fe, el compartir, la sexualidad -¿por qué no hablar de sexo en una iglesia?-, la maravilla de perdonar y ser perdonado, el trabajo por los demás (ancianos, drogadictos, pobres, presos, inmigrantes…), la sensación de que Jesús nos amaba y estaba entre nosotros, en cada uno de nosotros.
 
Pertenezco a una generación que vive su pertenencia a la Iglesia en cuesta abajo. Muchos de los que en estos días hablan del Concilio y de la «restauración» lo hacen desde la esperanza y la fuerza que otorga haber vivido en una Iglesia apegada a Trento y olvidada de la sociedad, y haber disfrutado otra Iglesia -la misma, en realidad- más abierta, más cercana, más solidaria, menos «friki». Y por eso luchan, sueñan y continúan trabajando. Han visto que era posible. Han vivido un camino en sierra, y saben que hay cotas de libertad, y descensos a los abismos, y por ello confían en que el Espíritu volverá a dar la vuelta. Les admiro por ello.
 
Mi generación, en cambio, sólo ha vivido en tiempo de recortes. Se acabaron las confesiones comunitarias, los curas que se manchaban las manos. Regresaron (nunca los habíamos visto) los alzacuellos, la liturgia eterna, los rituales, el aburrimiento. Se acabó la corresponsabilidad real, la toma de decisiones en común, las canciones alegres, los discursos encendidos.
 
Nos cuentan los libros, y los testigos, y los medios, que el Concilio supuso un antes y un después en la historia de la Iglesia, y los que no vivimos el «antes» tal vez no sepamos valorar qué supuso ese «después». Porque nos lo arrebataron. Poco a poco, como si no fuera nuestro. Y nos quedamos anestesiados, pensando, como Bertold Brecht, que el peligro nunca llegaría a nosotros. Hasta que acabó por llegar. Y no hicimos nada, sino retirarnos y quedarnos con las amistades, la fe compartida y buenos recuerdos.
 
No sé si nos robaron el Concilio. Ni siquiera si era nuestro. Lo que sí sé es que, después de 36 años, mis amigos crecieron, se desarrollaron y se convirtieron en personas estupendas, equilibradas, sensatas y comprometidas, en buena medida gracias a la vida, y a los valores, ofrecidos en aquella parroquia. Y que, en su gran mayoría, dejaron de ir a misa, bautizar a sus hijos o participar en alguna actividad parroquial. A veces nos juntamos a rezar, y nos sentimos -porque también lo hemos leído- como aquellos que oraban en las Catacumbas en memoria del Resucitado, del dador de Vida.
Y, sin embargo, algunos, seguimos luchando. No somos «progresaurios», sino probablemente demasiado jóvenes para perder definitivamente la esperanza. Aunque los años nos hayan demostrado que la tendencia continúa siendo hacia abajo. Hace unos meses regresé a la que fue mi parroquia hasta que me mudé de población. El inmenso Cristo de madera era el mismo de siempre. Era lo único que no había cambiado.
Jesús Bastante

miércoles, octubre 10, 2012

Jung Mo Sung: Teología de la Liberación, Pablo apóstol y Marx [artigo]

Este domingo comienza en S. Leopoldo, RS, el Congreso Continental de Teología para conmemorar 50 años del Concilio Vaticano II y 40 años de la publicación del libro de Gustavo Gutiérrez, Teología de la Liberación, perspectivas. Seguramente será un momento de celebración y también de reflexiones.
 
"Celebrar y reflexionar”, significa aquí, entre otras cosas, "volver” al pasado para recuperar las intuiciones fundamentales, hacer un balance discerniendo lo positivo y negativo en el caminar y comprometerse en un esfuerzo por abrir nuevas pistas y superar dificultades e impases para continuar haciendo historia. Todo ello, para mantener viva una reflexión teológica que ilumine y alimente la fe que se expresa en las prácticas eclesiales, sociales y políticas en defensa de la dignidad y la vida de las víctimas de los sistemas y relaciones opresoras y deshumanizantes.

Pienso que entre las grandes contribuciones de la TL, podemos destacar dos: a) la recuperación de la noción de que el Dios de Jesús no es un dios metafísico, distante e insensible a los sufrimientos humanos, sino mas bien, un Dios que opta por los pobres, que se encarna en la historia humana al lado de las víctimas; b) que la teología no debe comenzar y terminar con conceptos dogmáticos, mas bien, debe reflexionar a partir de las preguntas y desafíos surgidos de las prácticas concretas de liberación y en función de ellas. La TL no es, al menos no era en su comienzo- una propuesta de relectura de los tratados teológicos a partir de la opción por los pobres o de cualquier otro punto. Por más que ese tipo de Teología, pueda parecer TL, si la reflexión teológica no nace y/o no está en función de problemas concretos de las personas y pueblos dominados, no es TL en el sentido propuesto en su comienzo. Por esta razón es importante volver a las intuiciones originales.

Es claro que tal teología, solo podría encontrar oposiciones y críticas falaces de parte de aquellos que no consiguen o no quieren romper con el "mundo”, con los sistemas de dominación que se auto-sacralizan.

Una de las críticas injustas más repetida es que la TL fue una mera simplificación del marxismo en lenguaje religioso. El diálogo con el marxismo fue una consecuencia de que la TL asumió como interlocutoras a las ciencias sociales críticas del sistema capitalista dependiente de América Latina. Mucho se ha escrito sobre este asunto, pero el debate (no siempre honesto) sobre la relación entre TL y marxismo, continuará presente, mientras la TL mantenga una postura profética ante el sistema capitalista. Es decir, mientras el TL continúe reflexionando sobre "teología y economía", reflexionando sobre la lucha de los pobres por el derecho a vivir dignamente, derecho que es negado por el capitalismo, el debate sobre marxismo o Marx estará presente.

En la historia de TL, Franz Hinkelammert es, sin duda, uno de los pensadores que más (y, yo creo, también que mejor) dialogó con el pensamiento maduro de Marx. En su libro "Las armas ideológicas de la muerte" (1977, 2ª edición ampliada 1981), uno de los primeros sobre teología y economía", presentó una llamativa crítica del fetiche de y en el capitalismo y una reflexión provocativa sobre la crítica a la ley en el apóstol Pablo. Para Dussel, ese libro, "marca un capítulo en la historia de la teología de la liberación, como un nuevo comienzo. El gran economista laico, ha desarrollado un discurso teológico potente, crítico y económico". (Es una lástima que Hinkelammert sea un teólogo de la liberación poco conocido en Brasil).

Después de más de 30 años dedicado a la reflexión sobre el tema, Hinkelammert nos proporciona un libro que realmente da un nuevo salto en la reflexión de TL: "La maldición que pesa sobre la Ley: las raíces del pensamiento crítico en Pablo de Tarso" (Paulus, 2012). En este libro, analiza la presencia de Pablo en Marx y la crítica de la ley hecha por Pablo. "Para Pablo, la búsqueda de la justicia por medio del cumplimiento de la ley de justicia produce injusticia; y la ley se convierte en su contrario, se transforma en ley del pecado. Este mismo fenómeno aparece en el análisis de Marx, que él denomina con el término el fetichismo. Cuando se considera el cumplimiento de la ley y por lo tanto, la ley del valor como un acto de justicia, los delitos que se cometen en la aplicación de la ley, ya no parecen ser crímenes, sino sacrificios necesarios para el progreso". A pesar de esta convergencia, Hinkelammert dice que "hay una gran diferencia entre Pablo y Marx, que aparece en sus concepciones de la solución".

La TL no ha muerto, hay reflexiones serias y relevantes que se están produciendo, en menor volumen que antes, debemos reconocer -, pero no ampliamente conocidas o divulgados. Quizás una de las principales tareas para TL sea dar a conocer y difundir estas obras.

[Autor, con Néstor Míguez y J. Rieger, de "Más allá del Espíritu del Imperio: nuevas perspectivas sobre la política y la religión", Paulus. Twitter: jungmosung. - Traducción: Ricardo Zúniga].
  
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martes, octubre 02, 2012

Un hombre generoso y tranquilo que pasó por la vida tal vez ignorando la propia grandeza de su alma

PEDRO

de Luk Recia, el El Domingo, 30 de Septiembre de 2012 a la(s) 20:31 ·
 
Dice su hermana Mariana que tal vez al presentir su partida, Pedro Landázuri le pidió a María, su esposa, que para el funeral lo vistieran con la ropa más humilde que tenía. De esa manera, sus escasas pertenencias podrían servir mejor a otras personas que tal vez las necesitaran más que él.
 
El relato de este simple suceso me hace recordar cómo era Pedro: un hombre sereno, sin pretensiones ni exhibicionismos. Sin dramas innecesarios. Un hombre generoso y tranquilo que pasó por la vida tal vez ignorando la propia grandeza de su alma que se transparentaba tan bien hacia quienes tuvimos la suerte de compartir una amistad con él.
 
La noticia de su muerte, como suele suceder, fue dolorosa por lo inesperada, por el sentimiento de pérdida, por la certeza cruel de no encontrarnos nunca más, al menos en esta vida. Y sin embargo, cuando se me aparece por los vericuetos de la memoria, miro a mi amigo Pedro con su serenidad de siempre, con aquella tranquilidad de espíritu en la que nunca se exhibieron innecesariamente ni su inmensa cultura, ni su sabiduría, ni su inconmensurable generosidad, ni siquiera su bella voz de tenor. Todas estas virtudes aparecían solamente cuando hacían falta para aclarar algún punto que alguien ignoraba, para sostener la duda o la angustia ajena, para llenar algún vacío de otra persona o para deleitar -uno más en el coro, jamás la 'estrella' - a los demás con el arte de su canto.
 
Compartimos tiempo, paseos, risas, conversaciones, el inmenso placer del canto coral... ese hermoso entramado que llamamos amistad y que se queda de golpe huérfano de calor cuando alguno se adelanta en el ineludible viaje definitivo. Los adioses siempre desgarran. Pero a ese desgarramiento se sobrepone la enorme gratitud de haber conocido a un ser de luz como él fue. Pedro Landázuri Camacho. Un hombre bueno, como diría don Antonio Machado, en el buen sentido de la palabra. Un ser luminoso. Una de las últimas imágenes que me visita insistentemente en estos días es aquel gesto entre tímido y dulce de buscarse unos caramelos en el bolsillo para celebrar que acababa de conocer a mi hija Anita ofreciéndoselos. Y su sonrisa. Y aquella bendición de haber sido su amiga que no me la quita ni la muerte, mucho menos el olvido. Y cuando la tristeza por su ausencia se vaya diluyendo, de seguro continuaré recordando con ternura y gratitud la luminosidad de su sonrisa.

lunes, octubre 01, 2012

"QUIERO PASAR MI CIELO HACIENDO EL BIEN EN LA TIERRA"

En este día especial queremos compartir las palabras de Tere Cevallos, celebrando la vida de Sta Teresita del Niño Jesús.

Hoy celebramos a Santa Teresita del Niño de Jesús, la joven religiosa carmelita, que con solo 24 años de edad se convirtió en Doctora de la Iglesia y Patrona de las Misiones.
 
Nos enseña un camino para llegar a Dios: la sencillez de alma. Hacer por amor a Dios nuestras labores de todos los días. Tener detalles de amor con los que nos rodean. Es
ta es la “grandeza” de Santa Teresita.
 
Nos enseña que podemos vivir nuestro cielo en la tierra haciendo el bien a los que nos rodean. Actuar con bondad siempre, buscando lo mejor para los demás. Esta es una manera de alcanzar el cielo.
 
Nos enseña a tener sentido del humor ante lo inevitable. En nuestras vidas hay situaciones o acciones de los demás que nos molestan y que no podemos evitar. Debemos aprender a reirnos de éstas, a disfrutarlas por que nos dan la oportunidad de ofrecer algo a Dios.
 
Nos enseña a ser sencillos como niños para llegar a Dios. Orar con confianza, con simplicidad. Sentirnos pequeños ante Dios nuestro Padre.

Que Diosito y nuestra madre Santa Teresita los bendiga siempre!! Los quiero muchisimo!!
Que viva la Santa!!