Jovenes por siempre, Carmelitas de Corazón, Creciendo juntos. Ecuador en la Mitad del Mundo

lunes, noviembre 20, 2006

EL PODER DEL SILENCIO


En la experiencia del silencio descubrimos profundas verdades espirituales y llegamos a conocer nuestro verdadero ser. El silencio crece en nuestro interior, ayudándonos a progresar y a desarrollarnos de una forma muy sutil, al igual que una semilla: la flor está escondida en la semilla, la semilla está escondida en la tierra. La luz del sol alcanza la tierra que va calentando la semilla y la flor empieza a crecer. Al igual que la semilla, nosotros también estamos llenos de potencial espiritual.
Realmente no es el conocimiento o el diálogo lo que desarrollará ese potencial. Ellos ayudan, por supuesto, pero es la luz del silencio lo que penetra muy profundamente y despierta el potencial interior, inspirándolo a manifestarse como una flor.
El silencio también es un espacio que le da oxígeno a la mente, permitiendo la creación de algo nuevo, llenando la vida con poder y fortaleza.

Hoy en día, la religión de todos es la de estar ocupado. Todo el mundo va apresurado, haciendo algo, probando algo, mostrando algo. En esa prisa por ser alguien, tendemos a olvidar el gran poder y milagro que se encuentra en la quietud.
Un aspecto de la meditación es que nos enseña a afrontar la vida desde el interior.
Nos lleva a ese punto de quietud en el que encontramos la fortaleza para cambiar y sanar el ser interior. En ese silencio somos capaces de encontrar perspectiva y claridad. En un estado de profunda introspección, observamos claramente nuestros pensamientos, viendo nuestras verdaderas motivaciones; cuando comprendemos que nuestras intenciones no son quizás demasiado correctas, entonces estamos en la posición de decirnos a nosotros mismos: ¡Espera
un momento!

Cuando usamos el silencio para revisar nuestros pensamientos a ese nivel, entonces empezamos a darnos cuenta de que muchas de las cosas que estamos pensando realmente no se merecen que pensemos acerca de ellas. En ese momento, nos volvemos económicos espiritualmente, lo que de hecho nos lleva a volvernos muy generosos. Mucha energía preciosa se pierde, tanto a nivel mental como emocional, en los pensamientos negativos o inútiles.
El noventa y cinco por ciento de nuestro tiempo se desperdicia pensando acerca de los demás; vamos una y otra vez con una serie de expectativas, que se convierten como un martillo de demandas sobre las cabezas de los demás. Tomemos una combinación de expectativas y demanda, ¿a qué es igual? A conflicto!

Cuando aprendemos a volvernos silenciosos y a reflexionar acerca de nuestro ser interior, empezamos a sentirnos satisfechos con lo que encontramos dentro y se genera una profunda sensación de contentamiento.
Colaboración de Margarita Sánchez

viernes, noviembre 10, 2006

¿Haz pensado cómo diría Dios el “PADRE NUESTRO”?

¿Haz pensado cómo diría Dios el “PADRE NUESTRO”?
o pensándolo mejor el “HIJO MÍO”


Hijo mío, que estás en la tierra y te sientes preocupado, confundido, desorientado, solitario, triste y angustiado.

Yo conozco perfectamente tu nombre y lo pronuncio bendiciéndolo, porque te amo, es decir, te acepto como has venido siendo.

Juntos construiremos mi Reino, del cual tú eres mi heredero y en eso no estarás solo porque yo soy en ti, como tú eres en mí.

Deseo que siempre hagas mi voluntad, porque mi voluntad es que tú seas humanamente feliz.

Tendrás el pan para hoy… No te preocupes. Pero recuerda, no es sólo tuyo, te pido que siempre lo compartas con tu prójimo, pues te lo doy a tí, porque sé que sabes, que es para tí y para todos tus hermanos…

Siempre disculpo todas tus ofensas, aún más, las exculpo, pues antes de que las cometas, sé que las cometerás, pero, también sé que a veces, es la única forma que tienes para aprender, crecer e irte identificando conmigo, lo que es tu vocación...

Sólo te pido que, de igual manera, te perdones tú y perdones a los que te ofenden…

Sé que tendrás tentaciones y estoy seguro que saldrás adelante…

Y toma fuerte mi mano, aférrate siempre a mí, y yo te daré el discernimiento para que te des cuenta que, desde hace mucho te di y te seguiré dando,la fuerza para que te libres del mal…

Nunca olvides que TE AMO desde antes del comienzo de tus días, y que te amaré hasta después del fin de ellos, PORQUE SOY EN TÍ… COMO TÚ ERES EN MÍ…

Que mi bendición quede contigo desde todo el tiempo y que mi paz y amor eternos te cubran siempre…

Sólo de mí podías haberlos obtenido y sólo Yo, podía dártelos, porque…

¡YO SOY EL AMOR Y LA PAZ!

Amén.

martes, noviembre 07, 2006

Lo que nos sobra


José Antonio Pagola
teólogo y sacerdote

(Marcos 12, 38 – 44) La escena es conmovedora. Una pobre viuda se acerca calladamente a uno de los trece cepillos colocados en el recinto del templo, no lejos del patio de las mujeres. Muchos ricos están depositando cantidades importantes. Casi avergonzada, ella echa sus dos moneditas de cobre, las más pequeñas que circulan en Jerusalén.

Su gesto no ha sido observado por nadie. Pero, en frente de los cepillos, está Jesús viéndolo todo. Conmovido, llama a sus discípulos. Quiere enseñarles algo que sólo se puede aprender de la gente pobre y sencilla. De nadie más.

La viuda ha dado una cantidad insignificante y miserable, como es ella misma. Su sacrificio no se notará en ninguna parte; no transformará la historia. La economía del templo se sostiene con la contribución de los ricos y poderosos. El gesto de esta mujer no servirá prácticamente para nada.

Jesús lo ve de otra manera: «Esta pobre viuda ha echado más que nadie». Su generosidad es más grande y auténtica. «Los demás han echado lo que les sobra», pero esta mujer que pasa necesidad, «ha echado todo lo que tiene para vivir».

Si es así, esta viuda vive, probablemente, mendigando a la entrada del templo. No tiene marido. No posee nada. Sólo un corazón grande y una confianza total en Dios. Si sabe dar todo lo que tiene, es porque «pasa necesidad» y puede comprender las necesidades de otros pobres a los que se ayuda desde el templo.

En las sociedades del bienestar se nos está olvidando lo que es la «compasión». No sabemos lo que es «padecer con» el que sufre. Cada uno se preocupa de sus cosas. Los demás quedan fuera de nuestro horizonte. Cuando uno se ha instalado en su cómodo mundo de bienestar, es difícil «sentir» el sufrimiento de los otros. Cada vez se entienden menos los problemas de los demás.

Sin embargo, como necesitamos alimentar dentro de nosotros la ilusión de que todavía somos humanos y tenemos corazón, damos «lo que nos sobra». No es por solidaridad. Sencillamente ya no lo necesitamos para seguir disfrutando de nuestro bienestar. Sólo los pobres son capaces de hacer lo que la mayoría estamos olvidando: dar algo más que las sobras.
Colaboración Serafín Ilvay