Jovenes por siempre, Carmelitas de Corazón, Creciendo juntos. Ecuador en la Mitad del Mundo

martes, octubre 02, 2012

Un hombre generoso y tranquilo que pasó por la vida tal vez ignorando la propia grandeza de su alma

PEDRO

de Luk Recia, el El Domingo, 30 de Septiembre de 2012 a la(s) 20:31 ·
 
Dice su hermana Mariana que tal vez al presentir su partida, Pedro Landázuri le pidió a María, su esposa, que para el funeral lo vistieran con la ropa más humilde que tenía. De esa manera, sus escasas pertenencias podrían servir mejor a otras personas que tal vez las necesitaran más que él.
 
El relato de este simple suceso me hace recordar cómo era Pedro: un hombre sereno, sin pretensiones ni exhibicionismos. Sin dramas innecesarios. Un hombre generoso y tranquilo que pasó por la vida tal vez ignorando la propia grandeza de su alma que se transparentaba tan bien hacia quienes tuvimos la suerte de compartir una amistad con él.
 
La noticia de su muerte, como suele suceder, fue dolorosa por lo inesperada, por el sentimiento de pérdida, por la certeza cruel de no encontrarnos nunca más, al menos en esta vida. Y sin embargo, cuando se me aparece por los vericuetos de la memoria, miro a mi amigo Pedro con su serenidad de siempre, con aquella tranquilidad de espíritu en la que nunca se exhibieron innecesariamente ni su inmensa cultura, ni su sabiduría, ni su inconmensurable generosidad, ni siquiera su bella voz de tenor. Todas estas virtudes aparecían solamente cuando hacían falta para aclarar algún punto que alguien ignoraba, para sostener la duda o la angustia ajena, para llenar algún vacío de otra persona o para deleitar -uno más en el coro, jamás la 'estrella' - a los demás con el arte de su canto.
 
Compartimos tiempo, paseos, risas, conversaciones, el inmenso placer del canto coral... ese hermoso entramado que llamamos amistad y que se queda de golpe huérfano de calor cuando alguno se adelanta en el ineludible viaje definitivo. Los adioses siempre desgarran. Pero a ese desgarramiento se sobrepone la enorme gratitud de haber conocido a un ser de luz como él fue. Pedro Landázuri Camacho. Un hombre bueno, como diría don Antonio Machado, en el buen sentido de la palabra. Un ser luminoso. Una de las últimas imágenes que me visita insistentemente en estos días es aquel gesto entre tímido y dulce de buscarse unos caramelos en el bolsillo para celebrar que acababa de conocer a mi hija Anita ofreciéndoselos. Y su sonrisa. Y aquella bendición de haber sido su amiga que no me la quita ni la muerte, mucho menos el olvido. Y cuando la tristeza por su ausencia se vaya diluyendo, de seguro continuaré recordando con ternura y gratitud la luminosidad de su sonrisa.

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