Jovenes por siempre, Carmelitas de Corazón, Creciendo juntos. Ecuador en la Mitad del Mundo

miércoles, diciembre 15, 2010

que es servir


Servir es sembrar semillas buenas.

Servir es atender a cualquiera que nos llame, no a quienes a su
vez, puedan alguna vez servirnos a nosotros.

Servir es sembrar siempre sin descanso, aunque sólo sean otros los
que recojan y saboreen las cosechas.

Servir es mucho más que dar con las manos algo que tienes, es dar
con el alma lo que tal vez nunca nos fue concedido.

Servir es distribuir afecto, bondad, cordialidad, apoyo moral, amor
por sí mismo y a veces, ayuda material.

Servir es repartir alegría, es infundir fe, estima, admiración,
respeto, gratitud, sinceridad, honestidad, libertad, optimismo,
confianza y esperanza.

Servir es en verdad, dar más de lo que recibimos en la vida, y de la
vida.

"SERVIR ES SER COMO EL ÁRBOL DEL SÁNDALO,
QUE PERFUMA EL HACHA QUE EN OCASIONES LE HIERE".

"En esto conocemos lo que es el amor: en que Jesucristo entregó su
vida por nosotros. Así también nosotros debemos entregar la vida
por nuestros hermanos. Si alguien que posee bienes materiales ve
que un hermano está pasando necesidad, y no tiene compasión de él,
¿cómo se puede decir que el amor de Dios habita en él? Queridos
hijos, no amemos de palabra ni de labios para afuera, sino con
hechos y de verdad" 1 Juan 3:16-18

Historia de Navidad


De prisa, entré en la tienda por departamentos a comprar unos regalos
de Navidad a última hora. Miré a mi alrededor toda la gente que allí
había y me molesté un poco. "Estaré aquí una eternidad; con tanto que
tengo que hacer" pensé.

La Navidad se había convertido ya casi en una molestia. Estaba
deseando dormirme por todo el tiempo que durara la Navidad. Pero me
apresuré lo más que pude por entre la gente en la tienda. Entré en el
departamento de juguetes. Otra vez más, me encontré murmurando para
mí misma, sobre los precios de aquellos juguetes. Me pregunté si mis
nietos jugarían realmente con ellos. De pronto, me encontré en la
sección de muñecas. En una esquina, me encontré un niñito, como de 5
años, sosteniendo una preciosa muñeca.

Estaba tocándole el cabello y la sostenía muy tiernamente. No me pude
aguantar; me quede mirándolo fijamente y preguntándome para quién
sería la muñeca que sostenía, cuando de pronto se le acercó una
mujer, a la cual él llamó tía. El niño le preguntó: "¿Estás segura
que no tengo dinero suficiente ?" Y la mujer le contestó, con un tono
impaciente: "Tú sabes que no tienes suficiente dinero para comprarla."

La mujer le dijo al niño que se quedara allí donde estaba mientras
ella buscaba otras cosas que le faltaban. El niño continuó
sosteniendo la muñeca.

Después de un ratito, me le acerqué y le pregunte al niño para quién
era la muñeca. El me contestó: "Esta muñeca es la que mi hermanita
deseaba con tanto anhelo para Navidad. Ella estaba segura que Santa
Claus se la iba a traer."

Yo le dije que lo más seguro era que Santa Claus se la traería. Pero
él me contesto: "No, Santa no puede ir a donde mi hermanita está. Yo
le tengo que dar la muñeca a mi mamá para que ella se la lleve a mi
hermanita."

Yo le pregunté dónde estaba su hermana. El niño, con una cara muy
triste me contestó: "Ella se fue con Jesús. Mi papá dice que mamá se
va a ir con ella también." Mi corazón casi deja de latir. Volví a
mirar al niño una y otra vez. El continuó: "Le dije a Papá que le
dijera a Mamá que no se fuera todavía. Le dije que le dijera a ella
que esperara un poco hasta que yo regresara de la tienda."

El niño me preguntó si quería ver su foto y le dije que me
encantaría. Entonces, sacó unas fotografías que tenía en su bolsillo
y que había tomado al frente de la tienda y me dijo: "Le dije a Papá
que le llevara estas fotos a mi Mamá para que ella nunca se olvide de
mí. Quiero mucho a mi Mamá y no quisiera que ella se fuera. Pero Papá
dice que ella se tiene que ir con mi hermanita."

Me dí cuenta que el niño había bajado la cabeza y se había quedado
muy callado. Mientras él no miraba, metí la mano en mi cartera y
saqué unos billetes. Le dije al niño que contáramos el dinero otra
vez. El niño se entusiasmó mucho y comentó: "Yo sé que es
suficiente." Y comenzó a contar el dinero otra vez. El dinero ahora
era suficiente para pagar la muñeca. El niño, en una voz muy suave,
comentó:"Gracias Jesús por darme suficiente dinero".

El niño entonces comentó: "Yo le acabo de pedir a Jesús que me diera
suficiente dinero para comprar esta muñeca, para que así mi Mamá se
la pueda llevar a mi hermanita. Y El oyó mi oración. Yo le quería
pedir dinero suficiente para comprarle a mi Mamá una rosa blanca
también, pero no lo hice. Pero El me acaba de dar suficiente para
comprar la muñeca y la rosa para mi Mamá. A ella le gustan mucho las
rosas. ¡Le gustan mucho las rosas blancas!".

En unos minutos la tía regresó y yo, desapercibidamente, me fui.
Mientras terminaba mis compras, con un espíritu muy diferente al que
tenía al comenzar las compras, no podía dejar de pensar en el niño.

Seguí pensando en una historia que había leído en el periódico unos
días antes, acerca de un accidente causado por un conductor ebrio, el
cual había causado un accidente donde había perecido una niñita y su
mamá estaba en estado de gravedad. La familia estaba deliberando en
si mantener o no a la mujer con vida artificial y máquinas. Me di
cuenta de inmediato que este niño pertenecía a esa familia.

Dos días más tarde leí en el periódico que la mujer del accidente
había sido removida de la maquinaria que la mantenía viva y había
muerto. No me podía quitar de la mente al niño. Más tarde ese día,
fui y compré un ramo de rosas blancas y las llevé a la funeraria
donde estaba el cuerpo de la mujer. Y allí estaba, la mujer del
periódico, con una rosa blanca en su mano, una hermosa muñeca, y la
foto del niño en la tienda.

Me fui llorando... mi vida había cambiado para siempre. El amor de
aquel niño por su madre y su hermanita era enorme. En un segundo, un
conductor ebrio le había destrozado la vida en pedazos a aquel niñito.

Ahora tú tienes la opción; tú puedes:

1) Cambiar de actitud y ser más sensible ante la necesidad de los
demás, pudiendo convertirte en instrumento de Dios para ayudar a
otros ó

2) Actuar como si no te hubiera tocado el corazón.

martes, diciembre 14, 2010

Otra historia de Navidad


En ocasiones pensamos que nuestros problemas son los más grandes del
mundo. Algo parecido le sucedió a un muchacho llamado Francisco,
hasta que tuvo un encuentro inesperado con una señora.

Frank, así le llamaban, siempre había sido un buen estudiante y
deportista. En sus estudios, era un alumno sobresaliente. Le
gustaba el básquetbol y sabía jugarlo. Se había preparado
especialmente para jugar la próxima temporada, incluso había
comprado unos zapatos muy suaves y cómodos para jugar. Tal vez por
esa situación tan halagadora le produjo un gran dolor cuando al leer
la lista de los seleccionados no encontró su nombre en ella. Ese
día sintió como si hubiera dejado de existir, como si se hubiese
vuelto invisible.

Muy triste salió de los vestidores, tratando de encontrar una
explicación a su exclusión del equipo. Caminó durante un buen rato,
pero nada lo consolaba. Duró varios días de mal humor, no queriendo
hablar con nadie y respondiendo mal a sus padres cuando intentaban
acercársele. Nada le agradaba. Un día de mucho frío y lluvia, tomó
el autobús de costumbre y se sentó cerca del conductor. Mas tarde,
una mujer en estado avanzado de su embarazo con paso lento subió al
autobús y se sentó detrás del asiento del conductor. Este le
preguntó en voz alta:
- ¿Dónde están sus zapatos, señora? Afuera habrá sólo diez
grados de temperatura.

Francisco no se había fijado, pero efectivamente la señora iba sólo
con unas medias medio mojadas. La señora le contestó al hombre:
- No puedo darme el lujo de tener zapatos. Subí al autobús sólo
para calentarme los pies. Si no le importa viajaré con usted un
rato.

El conductor se rascó su cabeza calva y exclamó:
- Sólo dígame, ¿cómo es que no puede permitirse unos zapatos?
La señora le dijo:
- Tengo tres hijos. Todos tienen zapatos. No quedó dinero para
mí. Pero está bien, el Señor cuidará de mí.

En ese momento Frank miró hacia abajo, observó sus zapatos nuevos
marca Nike. Sus pies estaban cálidos y cómodos, igual que siempre.
Entonces miró a la mujer, sus medias estaban desgarradas. Pensó que
esa persona era "invisible" en otro sentido. Era una señora
marginada y olvidada por la sociedad. Él siempre podría darse el
lujo de tener zapatos. Ella tal vez nunca.

En ese momento Frank se quitó los zapatos. Pensó que tendría que
caminar tres cuadras, pero el frío nunca le había molestado. Cuando
el autobús se detuvo en la parada final, Frank esperó hasta que
todos se hubieran bajado, entonces recogió sus zapatos, se acercó a
la mujer y se los entregó diciéndole:
- Tenga señora, usted los necesita más que yo.

No esperó a que le diera las gracias, sino que se bajó de prisa sin
darse cuenta que caía en un charco. No importaba, no sentía el
frío. En eso escuchó a la señora que desde la ventana del autobús
le decía:
- Mira, ¡me quedan perfectos!".
El conductor del autobús le preguntó:
- ¿Cómo te llamas muchacho?
Él respondió:
- Frank.
El conductor le dijo:
- ¡Muy bien, Frank! En mis veinte años de conductor nunca había
visto un gesto semejante.

La mujer, llorando, le decía al conductor:
- Ya ve. Le dije que el Señor cuidaría de mí, y volviéndose,
dijo: "Gracias Frank".
- No hay de qué. No es gran cosa; además es Navidad, respondió
Frank, quien se dirigió a su casa con los pies helados pero con el
corazón contento y riéndose por haberse preocupado de no jugar con
la selección ese año.

A veces hace falta mirar a nuestro alrededor, para descubrir que los
demás están más necesitados que nosotros mismos. Descubramos el
rostro de Cristo en esas personas necesitadas, recordando las
palabras de Jesús:

"Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve
sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve
desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y
vinisteis a mí... de cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno
de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis" Mateo 25: 35-
40.

lunes, diciembre 13, 2010

No le pidas a Dios


No le pidas a Dios que te de grandes éxitos;
Pídele pequeños adelantos de virtud.

No le pidas a Dios que aligere el peso de tu vida;
Pídele que te de fuerzas para llevar el que Él quiera ponerte.

No le pidas a Dios poder demostrar que tienes razón;
Pídele que te deje entrar siempre en el fondo de la verdad que pueda
tener el otro.

No le pidas a Dios que todo el mundo te escuche;
Pídele guardar silencio para que puedas escuchar a los demás.

No le pidas a Dios tiempo para tus males;
Pídele capacidad para comprometerte con los males de los otros.

No le pidas a Dios que te cambie de cruz;
Pídele que seas capaz de adaptarte a la que viene calculada para tu
condición, tu talla y tu estatura.

No le pidas a Dios felicidad plena;
Pídele saber hacer dichosa la vida con lo que tienes a tu alcance.

No le pidas a Dios cumplir con todo lo que te ha mandado;
Pídele saber ofrecerle algo que nunca te ha pedido.

No le pidas a Dios el hogar más lujoso;
Pídele el que tengas habilidad de manejar.

No le pidas a Dios dinero en abundancia;
Pídele lo necesario para garantizar tu salvación.

No le pidas a Dios tanto viento que te sople;
Pídele una brújula que te oriente.

No le pidas a Dios la magia de la suerte;
Pídele el merecimiento del trabajo.

No le pidas a Dios muchos dones para lucirte en sociedad;
Pídele mejor entrar a tu corazón.

No le pidas a Dios concebir muchos proyectos;
Pídele una buena obra realizada en bien de los demás.

No le pidas a Dios un éxito rotundo;
Pídele que siempre te deje ver el punto débil de tu pequeñez.

Y a la hora de morir...

No le pidas a Dios lo que te mereces;
Pídele su misericordia y su amor.

"En fin, vivan en armonía los unos con los otros; compartan penas y
alegrías, practiquen el amor fraternal, sean compasivos y humildes.
No devuelvan mal por mal ni insulto por insulto; más bien, bendigan,
porque para esto fueron llamados, para heredar una bendición" 1
Pedro 3:8-9

"Por último, hermanos, oren por nosotros para que el mensaje del
Señor se difunda rápidamente y se le reciba con honor, tal como
sucedió entre ustedes. Oren además para que seamos librados de
personas perversas y malvadas, porque no todos tienen fe. Pero el
Señor es fiel, y Él los fortalecerá y los protegerá del maligno.
Confiamos en el Señor de que ustedes cumplen y seguirán cumpliendo
lo que les hemos enseñado. Que el Señor los lleve a amar como Dios
ama, y a perseverar como Cristo perseveró" 2 Tesalonicenses 3:1-5

jueves, diciembre 09, 2010

¡Necesitaba un abrazo!


Hace veinte años, yo manejaba un taxi para vivir. Lo hacía en el
turno de la noche y mi taxi se convirtió en un confesionario móvil.
Los pasajeros se subían, se sentaban atrás de mí en total anonimato,
y me contaban acerca de sus vidas. Encontré personas cuyas vidas me
asombraban, me ennoblecían, me hacían reír y me deprimían. Pero
ninguna me conmovió tanto como la mujer que recogí en una noche de
agosto.

Respondí a una llamada de unos pequeños edificios en una tranquila
parte de la ciudad. Asumí que recogería a algunos saliendo de una
fiesta o a un trabajador que tenía que llegar temprano a una fábrica
de la zona industrial de la ciudad. Cuando llegué a las 2:30 am el
edificio estaba oscuro excepto por una luz en la ventana del primer
piso. Aunque la situación se veía peligrosa, yo siempre iba hacia
la puerta. Este pasajero debe ser alguien que necesita de mi ayuda,
razoné para mí. Por lo tanto caminé hacia la puerta y toqué... "un
minuto" respondió una voz frágil. Pude escuchar que algo era
arrastrado a través del piso. Después de una larga pausa, la puerta
se abrió.

Una mujer pequeña de unos ochenta años se paró enfrente de mí.
Llevaba puesto un vestido floreado, y un sombrero con un velo, como
alguien de una película de los años 40"s. A su lado una pequeña
maleta de nylon. El departamento se veía como si nadie hubiera
vivido ahí durante muchos años. Todos los muebles estaban cubiertos
con sábanas, no había relojes en las paredes, ninguna baratija o
utensilio. En la esquina estaba una caja de cartón llena de fotos y
una vajilla de cristal.

La señora repetía su agradecimiento por mi gentileza.
- No es nada, -le dije-. Yo sólo intento tratar a mis pasajeros
de la forma que me gustaría que mi mamá fuera tratada.
- No, estoy segura de que es un buen hijo, -dijo ella-.

Cuando llegamos al taxi me dio una dirección, entonces preguntó:
- ¿Podría manejar a través del centro?
- Ese no es el camino corto, -le respondí rápidamente-.
- No importa, -dijo ella-. No tengo prisa, estoy camino del
asilo.

La miré por el espejo retrovisor, sus ojos estaban llorosos.
- No tengo familia, -continuó-, el doctor dice que no me queda
mucho tiempo de vida.

Tranquilamente estiré mi brazo y apagué el taxímetro.
- ¿Qué ruta le gustaría que tomará? -le pregunté-.

Por las siguientes dos horas manejé a través de la ciudad. Ella me
enseñó el edificio donde había trabajado como operadora de
elevadores. Manejé hacia el vecindario donde ella y su esposo
habían vivido cuando ellos eran recién casados. Ella me pidió que
nos detuviéramos enfrente de un almacén de muebles donde una vez
hubo un salón de baile, al que ella iba a bailar cuando era joven.
Otras veces me pidió que pasara lentamente enfrente de un edificio
en particular o una esquina; miraba en la oscuridad, y no decía
nada. Con el primer rayo de sol apareciéndose en el horizonte, ella
repentinamente dijo:
- Estoy cansada, vámonos ahora.

Manejé en silencio hacia la dirección que ella me había dado. Era
un edificio bajo, como una pequeña casa de convalecencia, con un
camino para autos que pasaba bajo un pórtico. Dos asistentes
vinieron hacia el taxi tan pronto como pudieron. Ellos debían haber
estado esperándola. Yo abrí la cajuela y dejé la pequeña maleta en
la puerta. La mujer estaba lista para sentarse en una silla de
ruedas.
- ¿Cuánto le debo?, -preguntó ella-, buscando en su bolsa.
- Nada, -le dije-.
- Tienes que vivir de algo, -respondió-.
- Habrá otros pasajeros, -le respondí-.

Casi sin pensarlo, me agaché y la abracé. Ella me sostuvo con
fuerza, y dijo:
- ¡Oh, necesitaba un abrazo!

Apreté su mano, entonces caminé hacia la luz de la mañana. Atrás de
mí una puerta se cerró, fue un sonido de una vida concluida. No
recogí a ningún pasajero en ese turno, manejé sin rumbo por el resto
del día. No podía hablar, ¿Qué habría pasado si a la mujer la
hubiese recogido un conductor malhumorado o alguno que estuviera
impaciente por terminar su turno?. ¿Qué habría pasado si me hubiera
rehusado a tomar la llamada, o hubiera tocado el claxon una vez, y
me hubiera ido?.

En una vista rápida, no creo que haya hecho algo más importante en
mi vida. Estamos condicionados a pensar que nuestras vidas están
llenas de grandes momentos, pero los grandes momentos son los que
nos atrapan bellamente desprevenidos, en los que otras personas
pensarán que sólo son pequeños momentos.

Las personas tal vez no recuerden exactamente lo que tú hiciste o lo
que tú dijiste... pero siempre recordarán cómo los hiciste sentir.

"Si hablo en lenguas humanas y angelicales, pero no tengo amor, no
soy más que un metal que resuena o un platillo que hace ruido. Si
tengo el don de profecía y entiendo todos los misterios y poseo todo
conocimiento, y si tengo una fe que logra trasladar montañas, pero
me falta el amor, no soy nada. Si reparto entre los pobres todo lo
que poseo, y si entrego mi cuerpo para que lo consuman las llamas,
pero no tengo amor, nada gano con eso. El amor es paciente, es
bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No
se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no
guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad sino que se
regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo
espera, todo lo soporta. El amor jamás se extingue, mientras que el
don de profecía cesará, el de lenguas será silenciado y el de
conocimiento desaparecerá". 1 Corintios 13:1-8

miércoles, diciembre 08, 2010

Las mentiras


Cuentan que un padre de familia fue a un parque de diversiones con
sus dos hijos, uno de 3 años de edad y el otro de 6 años. La
entrada tenía un costo de 5 dólares para los niños menores de 5 años
y de 10 dólares para los niños mayores de 5 años. Cuando se acercó
a la taquilla donde vendían los boletos, el taquillero le preguntó:
- ¿Cuál es la edad de los niños?
El hombre le respondió:
- 3 y 6 años.
El taquillero le replicó:
- ¿Es usted tonto? Me ha podido decir que tienen 3 y 5 años y
pagar sólo la tarifa de 5 dólares. Ahora que me dijo la verdadera
edad de sus hijos, tendré que cobrarle más. ¿Acaso cree que alguien
se hubiera dado cuenta?
El padre le respondió:
- Sí, mis hijos.

Las mentiras pueden socavar la credibilidad, puede desintegrar
relaciones y corroer la confianza. Las mentiras nos humillan, nos
deshonran, y nos hace preguntarnos si la persona que nos mintió,
alguna vez nos ha dicho la verdad.

El aspecto central de la mentira es que al hablar, creamos el mundo
que queremos ver. Aunque las llamemos mentiras piadosas, cuando lo
que decimos no es la verdad, es una mentira.

martes, diciembre 07, 2010

El dolor no deforma, ¡Transforma!


Valió la pena sufrir dolores de parto, cuando al final se sostiene
entre las manos una nueva vida que el existir de la madre, ha
transformado. Y el dolor que se experimenta en las pequeñas caídas
cuando se dan los primeros pasos, se convierte en triunfo al lograr
afianzar el caminar, luego poder correr, y quizás hasta en sueños
volar.

Un fracaso asumido con madurez, puede en un principio doler; pero al
superarlo, el alma se logra fortalecer; y más valiente se hace el
ser humano ante cualquier reto que se le presente o ante los
diferentes momentos que en su vida pueda tener.

Los padres que tienen un hijo especial, sienten un dolor tan grande
desde el primer momento, que pueden llegar a sentirse frustrados y
pensar que no lo podrán superar; pero con el tiempo y asumido desde
la fe, ese ser que en un comienzo causó dolor, se llegará a
convertir en el más grande amor, y les enseñará a descubrir lo que
realmente en la vida tiene valor.

El perder a un ser querido deja el corazón destruido, hasta que se
logra ver la muerte desde los ojos de Dios, y el dolor se transforma
en esperanza. Esta tristeza que deja el vacío, nos enseña a valorar
a quienes a nuestro lado han quedado, y que también son seres amados.

Si careces de algo, valoras más lo que tienes. Si sufres por
alguien, llegas a amarlo más. Si escoges el camino difícil, te
haces más fuerte. Si experimentas de cerca la muerte, aprendes a
amar más la vida. Si caes, adquieres destreza en levantarte, porque
el dolor no deforma, sino que transforma.

El dolor no deforma sino que ¡transforma!; es una gran verdad y eso
lo sustentan quienes al sufrir, sienten que han crecido y se han
fortalecido aún más.

"Por tanto, hermanos, tengan paciencia hasta la venida del Señor.
Miren cómo espera el agricultor a que la tierra dé su precioso fruto
y con qué paciencia aguarda las temporadas de lluvia. Así también
ustedes, manténganse firmes y aguarden con paciencia la venida del
Señor, que ya se acerca. No se quejen unos de otros, hermanos, para
que no sean juzgados. ¡El juez ya está a la puerta!
Hermanos, tomen como ejemplo de sufrimiento y de paciencia a los
profetas que hablaron en el nombre del Señor. En verdad,
consideramos dichosos a los que perseveraron. Ustedes han oído
hablar de la perseverancia de Job, y han visto lo que al final le
dio el Señor. Es que el Señor es muy compasivo y misericordioso".
Santiago 5:7-11.

viernes, diciembre 03, 2010

Los triunfadores


A veces los triunfadores no son aquellos a los que todo el mundo
aplaude y reconoce. No son los que construyeron grandes obras,
dejaron constancia de su liderazgo o viajaron, en primera clase.

A veces los triunfadores no son los administradores geniales, ni los
visionarios del futuro, o los grandes emprendedores. Por ello, tal
vez no los reconoceríamos en medio de tanto pensador, filósofo o
tecnólogo, que supuestamente conducen a este mundo por la senda del
progreso.

A veces el triunfador no es el negociador internacional, o el
hacedor de empresas de clase mundial o el deslumbrante estadista que
asiste a reuniones cumbre. No es el que se afana por exportar
mucho, sino el que todavía se importa a sí mismo. Porque el
triunfador puede ser también el que calladamente lucha por la
justicia, aunque no sea un gran orador o un brillante diplomático.
El triunfador puede ser igualmente el que venció la ambición
desmedida y no fue seducido por la vanidad o el poder.

Es triunfador el que no obstante que no viajó mucho al extranjero,
con frecuencia hizo travesías hacia el interior de sí mismo para
dimensionar las posibilidades de su corazón. Es el que quizás nunca
alzó soberbio su mano en el podium de los vencedores, pero triunfó
calladamente en su familia y con sus amigos y los cercanos a su
alma.

Es, quizá, el que nunca apareció en las páginas de los periódicos,
pero sí en el diario de Dios; el que no recibió reconocimientos,
pero siempre obtuvo el de los suyos; el que nunca escribió libros,
pero sí cartas de amor a sus hijos y el que pensó en redimir a su
país a través de la asfixiante aventura de su trabajo común y
rutinario y aquel que prefirió la sombra, porque, finalmente, es tan
importante como la luz.

A veces el triunfador no es el que tiene una esplendorosa oficina,
ni una secretaria ejecutiva, ni posee tres maestrías; no hace
planeación estratégica ni elabora reportes o evalúa proyectos, pero
su vida tiene un sentido, hace planes con su familia, tiene tiempo
para sus hijos y encuentra fascinante disfrutar de la hermosa danza
de la vida.

A veces el triunfador no es el pasa a la historia, sino el que hace
posible la historia; el que encuentra gratificante convencer y no
sólo vencer y el que de una manera apacible y decidida lucha por
hacer de este mundo un mejor lugar para vivir. Es el que sabe que
aunque sólo vivirá una vez, si lo hace con maestría, con una vez le
bastará.

A veces el triunfador no tiene que ser el que construyó grandes
andamiajes y estructuras administrativas, pero supo cómo construir
un hogar; no es el que tiene un celular, pero platica con sus hijos,
no tiene correo electrónico, pero conoce y saluda a sus vecinos, no
ha ido al espacio exterior, pero es capaz de ir hacia su espacio
interior y sin haber realizado grandes obras arquitectónicas, supo
construirse a sí mismo y fue, como dice el poeta, el cómplice de su
propio destino.

A veces el triunfador suele ser Teresa de Calcuta, o Francisco de
Asís o Nelson Mandela, o tal vez la enfermera callada, el obrero
sencillo y el campesino olvidado, porque como personas triunfaron
sobre la apatía o el desencanto y con su esfuerzo cotidiano
establecieron la diferencia.

A veces el triunfador puede ser el carpintero pobre de un lugar
ignorado, o una mujer sencilla de pueblo o un niño humilde que nació
en un pesebre, porque no había para él lugar en la posada...

Autor: Rubén Núñez de Cáceres Velásquez
Tomado de su libro: Para aprender la vida.

"En ese momento los discípulos se acercaron a Jesús y le
preguntaron: ¿Quién es el más importante en el reino de los
cielos? Él llamó a un niño y lo puso en medio de ellos. Entonces
dijo: Les aseguro que a menos que ustedes cambien y se vuelvan como
niños, no entrarán en el reino de los cielos. Por tanto, el que se
humilla como este niño será el más grande en el reino de los cielos"
Mateo 18:1-4

jueves, diciembre 02, 2010

Construye puentes


Se cuenta que cierta vez, dos hermanos que vivían en granjas
vecinas, separadas por un río, entraron en conflicto. Fue la
primera gran desavenencia en toda una vida de trabajo uno al lado
del otro, compartiendo las herramientas y cuidando uno del otro.

Durante años, ellos trabajaron en sus granjas y al final de cada
día, podían atravesar el río y disfrutar uno de la compañía del
otro. A pesar del cansancio, hacían la caminata con placer, pues se
amaban. Pero ahora todo había cambiado. Lo que comenzara con un
pequeño mal entendido, finalmente explotó en un cambio de ásperas
palabras, seguidas por semanas de total silencio.

Una mañana, el hermano más viejo sintió que golpeaban su puerta.
Cuando abrió, vio un hombre con una caja de herramientas de
carpintero en la mano.
- Estoy buscando trabajo -dijo este.- Quizás usted tenga alguna
labor que yo pueda hacer.
- Sí -dijo el granjero- claro que tengo trabajo para usted. ¿Ve
aquella granja al otro lado del río?. Es de mi vecino. No, en
realidad es de mi hermano más joven. Nos peleamos y ya no puedo
soportarlo. ¿Ve aquella pila de madera? Quiero que usted construya
una cerca bien alta a lo largo del río para que yo no precise verlo
mas.
- Creo que entiendo la situación - dijo el carpintero-.
Muéstreme dónde están las palas, y le haré un trabajo que lo dejará
a usted satisfecho.

Como precisaba ir a la ciudad, el hermano más viejo ayudó al
carpintero a encontrar el material y partió. El hombre trabajó
arduamente durante todo aquel día. Ya anochecía, cuando terminó su
obra. Cuando el granjero regresó de su viaje, sus ojos no podían
creer lo que veían. ¡No había ningún cerco! En vez de cerco había
un puente que unía las dos márgenes del río. Era realmente un bello
trabajo, pero el granjero estaba furioso y le dijo:
- Usted fue muy atrevido en construir ese puente, después de todo
lo que yo le conté.

Sin embargo, las sorpresas no habían terminado. Al mirar nuevamente
para el puente, vio a su hermano que se acercaba del otro margen,
corriendo con los brazos abiertos. Por un instante permaneció
inmóvil de su lado del río, pero de repente en un impulso, corrió en
dirección del otro y ellos se abrazaron en medio del puente.

El carpintero estaba partiendo con su caja de herramientas, cuando
el hermano que lo contrató le dijo emocionado:
- ¡Espere! quédese con nosotros por algunos días.
El carpintero respondió:
- Me encantaría quedarme, pero tengo otros puentes que construir.

¿Tú estás necesitando un carpintero, o eres capaz de construir tu
propio puente para aproximarte a aquellos con los que rompiste el
contacto? No busques construir cercas que te separen de las
personas con las que te encuentras distanciado. Construye puentes y
busca caminar en dirección de aquellos que por algún motivo se
distanciaron de ti. El puente de la relación es un poco frágil y se
balancea por causa de los vientos de la discordia. Fortalécelo con
los lazos del entendimiento y de la verdadera amistad.

"Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de
entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre,
de paciencia; soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros
si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os
perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas
vestíos de amor, que es el vínculo perfecto". Colosenses 3:12-14

Sembrar para cosechar


Una mujer soñó que estaba en una tienda recién inaugurada y para su
sorpresa, descubrió que Dios se encontraba tras el mostrador:
- ¿Qué vendes aquí? -le preguntó.
Dios le respondió:
- Todo lo que tu corazón desee.

Sin atreverse a creer lo que estaba oyendo, se decidió a pedir lo
mejor que un ser humano puede desear: paz, amor, felicidad,
sabiduría... Tras un instante de vacilación, añadió, pero no sólo
para mí, sino para el mundo entero.

Dios se sonrió y le dijo:
- Creo que no me has comprendido. Aquí no vendemos frutos,
únicamente vendemos semillas. Para sembrar una planta hay necesidad
de romper primero la capa endurecida de la tierra y abrir los
surcos. Luego, desmenuzar y aflojar los trozos que aún permanecen
apelmazados para que la semilla pueda penetrar, y regar
abundantemente para conservar el suelo húmedo y entonces... ¡esperar
con paciencia hasta que germinen y crezcan!

De las misma forma en que procedemos con la naturaleza hay que
trabajar con el corazón humano: arando la costra de la indiferencia
que la rutina ha formado, removiendo los trozos de un egoísmo mal
entendido, desmenuzándolos en pequeños trozos de gestos amables,
palabras cálidas y generosas, hasta que con soltura, permitan acoger
las semillas que diariamente podemos solicitar "gratis" en el
almacén de Dios, porque ÉL mantiene su supermercado en promoción.

Son semillas que hay que cuidar con dedicación y esmero y regarlas
con sudor, lágrimas y a veces hasta con sangre, como regó Dios
nuestra redención y como tantos han dado su vida y su sangre por
otros, en un trabajo de fe y esperanza, de perseverante esfuerzo,
mientras los frágiles retoños, se van transformando en plantas
firmes capaces de dar los frutos anhelados.

"Un sembrador salió a sembrar. Al esparcir la semilla, una parte
cayó junto al camino; fue pisoteada, y los pájaros se la comieron.
Otra parte cayó sobre las piedras y, cuando brotó, las plantas se
secaron por falta de humedad. Otra parte cayó entre espinos que, al
crecer junto con la semilla, la ahogaron. Pero otra parte cayó en
buen terreno; así que brotó y produjo una cosecha del ciento por
uno... Éste es el significado de la parábola: La semilla es la
palabra de Dios. Los que están junto al camino son los que oyen,
pero luego viene el diablo y les quita la palabra del corazón, no
sea que crean y se salven. Los que están sobre las piedras son los
que reciben la palabra con alegría cuando la oyen, pero no tienen
raíz. Éstos creen por algún tiempo, pero se apartan cuando llega la
prueba. La parte que cayó entre espinos, son los que oyen, pero,
con el correr del tiempo, los ahogan las preocupaciones, las
riquezas y los placeres de esta vida, y no maduran. Pero la parte
que cayó en buen terreno son los que oyen la palaba con corazón
noble y bueno, y la retienen; y como perseveran, producen una buena
cosecha" Lucas 8: 5-15

miércoles, diciembre 01, 2010

El Científico y el Ego


Había una vez un científico que descubrió el arte de reproducirse a
sí mismo de manera tan perfecta, que resultaba imposible distinguir
el original de la reproducción. Un día, se enteró de que lo andaba
buscando el ángel de la muerte, entonces decidió hacer doce copias
de sí mismo.

Al llegar a la tierra, el ángel no pudo identificar cuál de los
trece ejemplares que tenía ante sí era el científico, de modo que
los dejó a todos en paz y regresó al cielo, pero no por mucho
tiempo. Como era un experto en la naturaleza humana, se le ocurrió
una ingeniosa estrategia para identificarlo. Regresó de nuevo a la
tierra y dijo:
- "Debe de ser usted un genio señor, para haber elaborado tan
perfectas reproducciones de sí mismo. Sin embargo, he descubierto
que su obra tiene un defecto, un único y minúsculo defecto".
El científico pegó un salto y gritó:
- "¡Imposible! ¿Dónde está el defecto?".
- "Justamente aquí", respondió el ángel mientras tomaba al
científico de entre sus reproducciones y se lo llevaba consigo.

Todo lo que hace falta para descubrir al "ego", es una palabra de
adulación o de crítica.

"¡Te haré insignificante entre las naciones, serás tremendamente
despreciado! Tu carácter soberbio te ha engañado. Como habitas en
las hendiduras de los desfiladeros, en la altura de tu morada, te
dices a ti mismo: ¿Quién podrá arrojarme a tierra? Pero aunque
vueles a lo alto como águila, y tu nido esté puesto en las
estrellas, de allí te arrojaré -afirma el Señor-". Abdías 2-4