Jovenes por siempre, Carmelitas de Corazón, Creciendo juntos. Ecuador en la Mitad del Mundo
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miércoles, diciembre 26, 2012

La Buena Nueva de la Navidad

Eugenio Pizarro Poblete
 
“Este es el día en que actuó el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo”…

La Navidad no es un mero hecho histórico. No es sólo algo que sucedió hace varios siglos atrás.

Tampoco es un recuerdo sentimental y un tanto romántico, con un dejo de un cuento celeste, y con narraciones parecidas a historietas de hadas. ¡No! La Navidad es algo real hoy día. El amor y la misericordia de Dios se encarnan en la persona de Jesús. Y Jesús vino, viene siempre, y vendrá al fin de los tiempos.

Hoy viene y nace para nosotros. Y lo hace porque lo necesitamos ardiente y urgentemente. Y cada vez que alguien tenga necesidad, Jesús estará a la puerta de su vida toda. Jesús es la respuesta del amor de Dios por nosotros. El amor de Dios no permanece indiferente ante nuestras necesidades. Nunca está indiferente ante la humanidad caída a la vera del camino. Jesús, como Buen Samaritano, no pasa de largo como el levita y el sacerdote, como los sabios y religiosos poderosos, ocupados en sus negocios, cuales ciegos y sordos que no ven ni escuchan el clamor de “millones de pobres que piden a sus pastores una liberación que no les llega de ninguna parte” (Medellín, Pobreza 1, 2).

El hecho real es que “Dios no consideró indigno hacerse uno de nosotros, en todo igual a nosotros, menos en el pecado”. Dios se hizo hombre. Jesús viene: es el Dios hecho Hombre. Dios se hizo un humano. En Jesús, el Niño, que nace hoy para nosotros, está un Dios verdadero y un verdadero Hombre.

Dios, que es Amor, se sintió urgido por la humanidad caída y a la vera del camino. Vino a prisa a liberarnos. Sin ningún titubeo ni recoveco; tampoco rehuyó, buscando otro camino, ni le sacó la vuelta al conflicto de la vida de los hombres y mujeres del mundo empecatado. Él se abajó, tomando nuestra condición humana, asumiéndola con amor en su propia vida. Se aproximó. Se hizo prójimo. Se bajo de su cabalgadura y se acercó a la humanidad. Se acercó a mí, a usted y a todo el hombre y a todos los hombres caídos. Nos tomó con un amor concreto y una ternura inmensa… nos curó de nuestras heridas, todas provocadas por los mismos hombres y mujeres: salteadores y saqueadores en nuestra sociedad… nos cargó y nos puso sobre su cabalgadura (nos cargó, asumiendo nuestra humanidad herida, poniéndonos y cargándonos en su pesada cruz). Nos llevó a la posada. Y allí, en cuerpo y alma, nos atendió personal, social e integralmente durante toda nuestra noche. Después de esa angustiosa noche, tuvimos un otro día… tuvimos un amanecer… había pasado lo peor. Y nos dejó en la Posada… nos dejó y nos entregó al cuidado de la Iglesia. A la Iglesia le entregó “denarios” para que nos siguiera cuidando y amando como Él lo hizo: amar a la manera de Jesús. Jesús promete, que a su vuelta, pagará a la Iglesia todo el amor y entrega al cuidado de nosotros. ¡Qué grave responsabilidad tenemos nosotros, Iglesia de Cristo Jesús! Y, ¿cómo la estamos cumpliendo?

Como podrán ver ustedes, la Navidad, que hoy conmemoramos, es un hecho real, de hoy, y que tiene una proyección mucho más allá, amplia, integral y universal, que la noche de Belén.

Hoy celebramos la fiesta de un amor hasta el extremo. Fiesta de un amor que nace y que puede y debe nacer todos los días, para todo el hombre y para todos los hombres (y mujeres). Nos corresponde actualizarla hoy: en nuestras familias, en los barrios y poblaciones, especialmente en los Campamentos de nuestros hermanos pobres.

Hoy es posible este amor comprometido. Hoy puede y debe ser navidad, un gran nacimiento en nuestro confuso y confundido rumbo de Chile. Tengamos fe: un mundo nuevo puede nacer. Hoy puede nacer el Amor.

Y, ¿cómo puedo yo recibir este Amor… cómo puedo yo acoger a un Dios que se abaja para amarme y salvarme, haciéndose un Niño muy al alcance de nuestras manos?

Primero que nada los invito a hacer un profundo acto de fe en el Dios que se nos manifiesta hoy tan humano.

Después, hay que tener un corazón y alma de pobre como el Niño de Belén. En un corazón egoísta, duro, que no se deja amar y que no sabe amar de verdad, nunca podrá nacer ni entrar Dios; nunca podrá “entrar y cenar con nosotros”… nunca podrá ser nuestro huésped, ni nunca podremos ser habitados.

Mirando la Bienaventuranza de los pobres, encarnada en un pequeño, que “no tuvo lugar en la posada”, encontraremos el camino hacia un gran nacimiento, hoy día en nosotros y en medio de nosotros. Abramos un corazón de pobre al Niño Dios, que se pone humildemente a nuestro alcance y servicio, y será Navidad.

Sí… todo es posible. En liturgia navideña de Iglesia, y no sólo en ella, Jesús puede nacer en nuestra vida toda y en todas nuestras vidas. Hoy es posible una Navidad para todos y cada uno.

Más de alguno dirá: ¿cómo será posible en mí, si yo soy tan pecador? No importa. Precisamente, por nuestros pecados y heridas vino y viene Jesús. Nuestro nacimiento no será sólo por nuestros méritos y virtudes propias de nuestros esfuerzos personales. Aquí, se hace necesaria una espiritualidad desde abajo. Desde un Niño “sin un lugar en la posada”, desnudo, pobre, “apenas envuelto en pañales en una pesebrera”. Un corazón y alma de pobre reconoce sus miserias, y sabe que Jesús, desde nuestras miserias y pecados, sean estos personales y sociales, nos tira para arriba, sacándonos de nuestras servidumbres. Jesús es nuestro ascensor. Sus brazos se estiran hacia abajo, nos toman desde nuestros pecados y nos hacen subir. Recomiendo ese camino. Es el camino de los humildes, de los de alma y corazón de pobre. No hay nada nuestro que no tenga solución. Dios es el Dios de lo imposible. ¡Tengamos fe, esperanza y amor, y será Navidad! Les digo, como el vigilante bíblico de la noche… de nuestras oscuras noches: “Vigía, ¿qué ves en la noche?… Veo el amanecer”.

Pero no puedo terminar sin levantar ante un mundo egoísta globalizado, la condición de pobre que tomó el Dios que nace. Si no renegamos ni no nos avergonzamos de nuestra cuna y origen… Si tenemos una opción radical por los más pobres… es porque Dios optó primero que nosotros por los pobres. Esta verdad de nuestra fe se nos recuerda hoy en Navidad.

Dios se hizo Hombre Pobre… Se abraza, hoy, con todos los pobres del mundo y se hace su hermano. Más aún, se identifica con ellos. ¡El pobre es Cristo! “Lo que haces por el pobre, conmigo lo haces” (Mt 25). Y por esto seremos juzgados por Dios.

A ese pobre… a ese Cristo, tenemos que “hacerle un lugar en la posada”. Es nuestra tarea propia de la construcción del Reino. El pobre de Chile y del mundo (80%) tiene que tener un nacimiento.

La sociedad de una economía neoliberal impide el nacimiento de ese Cristo, que está en los más pobres. En esa sociedad de “pecado social” no habrá nunca un nacimiento ni para los responsables y culpables, ni para los pobres oprimidos por una minoría pecadora.

El camino neoliberal es un asalto y un saqueo que tiene malherida “a la vera del camino” a una mayoría de hombres y mujeres: son los rostros sufridos de Cristo, hoy entre nosotros, son los millones de pobres que hoy interpelan nuestra conciencia.

¡No más mentiras! No habrá Navidad, y no es cierto que se ama a Dios, y que un país es cristiano, si se tiene secuestrada a una mayoría por una minoría concentradora, poderosa, dura y egoísta, con idolatría del tener y del dinero. Desde el mismo momento que Dios se hizo pobre, los derechos humanos de los pobres, son los derechos de Dios mismo.

Quien dice que ama a Dios y no respeta los derechos de los pobres, es un mentiroso y Cristo no está con él ni en él.

No existe el amor al prójimo en abstracto. Es sólo una teoría mentirosa decir que “todos los hombres y mujeres son mis hermanos y prójimos”. No. Ese no es el Camino, la Verdad y la Vida. El Camino, la Verdad y la Vida, es Cristo, el que nace, se hace un Hombre… se aproxima a la humanidad caída a la vera del camino… se abaja y se acerca… se hace el próximo de todo y de todos. Entonces, yo seré prójimo del que me acercó y aproximo con compromiso real y de hermano.

En esta Navidad, Cristo quiere aproximarse a cada uno y a todos. Que lo recibamos. Que seamos un pesebre para Cristo. Más aún, que ahora, haya “un lugar en la posada” para Cristo. Aproximémonos a Cristo, aproximándonos entre nosotros, especialmente hagámonos prójimos de los pobres, buscando una posada, una sociedad justa, fraterna, libre y solidaria, para que ellos tengan un gran nacimiento.

Será Navidad si comenzamos con urgencia a cumplir las promesas del que nace, proclamadas por la Virgen en su Magníficat: “Derribará del trono a los poderosos y enaltecerá a los humildes. Colmará de bienes a los hambrientos y despedirá a los ricos con las manos vacías”.

Cristo ya nació. Ahora nos toca nacer a nosotros. Saludo y deseo un gran nacimiento para todos.

lunes, diciembre 24, 2012

Navidad...No Vengas Aun...

No vengas, Navidad,que es muy temprano todavía,


las están temblando en el sol del mediodía y los niños en las calles vagan solos, sin comida y el campesino, aunque quiera,no puede deletrearte en las vitrinas.


No vengas, Navidad,como insulto a la pobreza,no llenes de caros a los ricos de la empresa,ni ufanes a sus señoras con perlas y con diamantes


.No vengas, Navidad,ten compasión, no vengas.

No queremos combinaciones de contrastes humillantes con sedas finas de y manta vieja y zurcida,con pavos de muchas marcas y sal en una tortilla.




No vengas, Navidad,danos un tiempo todavía,recuerda que existen muchos que sufren con tu venida sacando de sus pañuelos monedas envejecidas para comprarle al mundo una parte de tu alegría.


Recuerda que somos tantos sumidos en la miseria y anhelamos saborearte con bebidas y con torrejas,con juguetes y conservas,para que nuestros hijos sientan el calor de Noche-buena en la pólvora sonora que los ricos siempre queman.


No te muestres, Navidad,en pléyades de alegres venaditos portando juguetes, campanillas y trineos por las residencias de los niños ricos;
tu presencia entre los nuestros todavía no concibe que se afame en los estantes luminosos
un Papa Noel de lanas revestido y se margine de realezas al glorioso desnudo Niño Dios con frío.



No vengas, Navidad,no te entendemos todavía



Paz 

miércoles, diciembre 19, 2012

¿Qué podemos hacer?


La predicación del Bautista sacudió la conciencia de muchos. Aquel profeta del desierto les estaba diciendo en voz alta lo que ellos sentían en su corazón: era necesario cambiar, volver a Dios, prepararse para acoger al Mesías. Algunos se acercaron a él con esta pregunta: ¿Qué podemos hacer?

El Bautista tiene las ideas muy claras. No les propone añadir a su vida nuevas prácticas religiosas. No les pide que se queden en el desierto haciendo penitencia. No les habla de nuevos preceptos. Al Mesías hay que acogerlo mirando atentamente a los necesitados (Lc 3, 10-18).

No se pierde en teorías sublimes ni en motivaciones profundas. De manera directa, en el más puro estilo profético, lo resume todo en una fórmula genial: “El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, que haga lo mismo”. Y nosotros, ¿qué podemos hacer para acoger a Cristo en medio de esta sociedad en crisis?

Antes que nada, esforzarnos mucho más en conocer lo que está pasando: la falta de información es la primera causa de nuestra pasividad. Por otra parte, no tolerar la mentira o el encubrimiento de la verdad. Tenemos que conocer, en toda su crudeza, el sufrimiento que se está generando de manera injusta entre nosotros.

No basta vivir a golpes de generosidad. Podemos dar pasos hacia una vida más sobria. Atrevernos a hacer la experiencia de “empobrecernos” poco a poco, recortando nuestro actual nivel de bienestar, para compartir con los más necesitados tantas cosas que tenemos y no necesitamos para vivir.

Podemos estar especialmente atentos a quienes han caído en situaciones graves de exclusión social: desahuciados, privados de la debida atención sanitaria, sin ingresos ni recurso social alguno… Hemos de salir instintivamente en defensa de los que se están hundiendo en la impotencia y la falta de motivación para enfrentarse a su futuro.

Desde las comunidades cristianas podemos desarrollar iniciativas diversas para estar cerca de los casos más sangrantes de desamparo social: conocimiento concreto de situaciones, movilización de personas para no dejar solo a nadie, aportación de recursos materiales, gestión de posibles ayudas…

La crisis va a ser larga. En los próximos años se nos va a ofrecer la oportunidad de humanizar nuestro consumismo alocado, hacernos más sensibles al sufrimiento de las víctimas, crecer en solidaridad práctica, contribuir a denunciar la falta de compasión en la gestión de la crisis… Será nuestra manera de acoger con más verdad a Cristo en nuestras vidas.

José Antonio Pagola

martes, diciembre 11, 2012

La gran alegría para todo el pueblo


En la época navideña se asocia la alegría a fiestas y ofertas. Luces de múltiples colores, espectáculos pirotécnicos, árboles de Navidad, el marketing empresarial con las noches y días de compras donde se muestran cientos de productos a precios aparentemente bajos, el consumo sin freno, cenas, regalos, etc. anuncian la fecha. Pero ese tipo de alegría y celebraciones no solo suelen estar muy lejos del motivo primordial que revela el acontecimiento de la Navidad, sino que muchas veces lo ocultan, a tal grado que podemos olvidar o ignorar el sentido hondo de estas fiestas. Esto pasa con frecuencia y no parece que estemos haciendo algo significativo para revertirlo.

En este tema, como en otros sustanciales a la fe cristiana, se hace necesario volver a las fuentes. En el Evangelio de Lucas se habla de un mensajero de Dios (un ángel) que proclama la razón central de esta celebración. Bueno es recordarla con fuerza y pasión: “No tengan miedo, pues yo vengo a comunicarles una buena noticia, que será motivo de mucha alegría para todo el pueblo: hoy en la ciudad de David, ha nacido para ustedes un Salvador, el Mesías, el Señor. Miren cómo lo reconocerán: hallarán a un niño recién nacido, envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2, 10-12).

El teólogo José Antonio Pagola, al comentar este pasaje bíblico, hace, al menos, tres consideraciones fundamentales. Primero, sostiene que en él se relata un acontecimiento popular (una alegría para todo el pueblo). Son unos pastores pobres, considerados en la sociedad judía como gente poco honrada, marginados por muchos como pecadores, los únicos que están despiertos para escuchar la noticia. Segundo, la buena nueva, causa de gran alegría, es que Dios ha entrado en nuestra vida; con Él podemos caminar hacia la superación de todo lo que nos deshumaniza y, por tanto, es posible vivir con esperanza. Dios comparte nuestra existencia, ya no estamos perdidos en nuestra inmensa soledad, ya no somos solitarios, sino solidarios. Él está con nosotros, nace para vivir Él mismo nuestra aventura humana.

Tercero, el cristiano no es un dios descarnado, lejano e inaccesible. Es Dios encarnado, próximo, cercano. Un Dios que contrasta con nuestros esquemas y moldes de pensamiento porque nosotros lo imaginamos fuerte y poderoso y Él se nos ofrece en la fragilidad de un niño débil, nacido en un pesebre (con sencillez y pobreza). Lo colocamos casi siempre en lo extraordinario y sorprendente, pero Él se nos presenta en lo cotidiano, en lo normal y ordinario. Lo imaginamos grande y lejano, y Él se nos hace pequeño y cercano. En suma, la Navidad, según Pagola, nos recuerda que la presencia de Dios no responde siempre a nuestras expectativas, pues se nos ofrece donde nosotros menos esperamos. No lo esperamos, por ejemplo, en cualquier ser indefenso y débil que necesita de nuestra acogida y hospitalidad.

En El Salvador, hay un lugar emblemático donde podemos encontrarlo en todo momento. Se trata del Hospital Divina Providencia, donde se atiende a enfermos de cáncer terminal. Este lugar es simbólico al menos por dos razones. En primer lugar, porque es un lugar fundado para que la esperanza de los enfermos pobres no se destruya; para que sus miedos e inseguridades no se pudran por dentro; para que sienta la cálida acogida del que es respetado en su dignidad personal; para acompañar en el itinerario que lleva a la muerte. Esto es, precisamente, lo que hacen las Carmelitas Misioneras de Santa Teresa de Jesús y el personal médico y paramédico de este centro que ofrece el calor de una compañía. Un hospital que funciona gracias a la Providencia que se hace presente en la solidaridad ciudadana. Ahora mismo, la radio de la UCA (YSUCA) ha lanzado una campaña de ayuda denominada “Solidaridad en Navidad”, para abastecer al Hospital de alimentos, sábanas, utensilios de limpieza y recursos económicos. Toda ayuda nunca estará de más para un centro que sirve a los más pobres y subsiste por la Providencia solidaria.

Pero este “hospitalito” -como se le conoce popularmente- es también lugar de martirio. Allí vivió monseñor Óscar Romero durante sus tres años como arzobispo. Campesinos, obreros, estudiantes, políticos, militares y figuras públicas lo visitaban en su pequeño apartamento, ubicado en la entrada del Hospital, para contarle sus penas, pedirle u ofrecerle ayuda, solicitar sus consejos, darle información. Según cuenta la hermana Luz Isabel Cueva, monseñor solía decir que su oficina estaba en el Seminario San José de la Montaña y que el Hospital era su Betania. Recordemos, de paso, que Betania representó para Jesús no solo un lugar geográfico, sino, ante todo, el lugar de hospitalidad, de encuentro con sus amigas Marta y María, y su amigo, Lázaro. Allí, Jesús experimentó el buen trato, la cordialidad y el diálogo franco. Similares cosas vivió monseñor en esta comunidad formada por enfermos y religiosas, y por eso la consideraba su Betania.

El hospitalito resultó también ser su Gólgota, esto es, el lugar de su martirio. El 24 de marzo de 1980, el arzobispo profeta fue asesinado cuando oficiaba la misa en la capilla del lugar. La presencia de ese Dios que ha querido encarnarse en lo humano, pues, se descubre hoy en los rostros humillados de tantos hombres y mujeres empobrecidos, enfermos, desempleados, migrantes, excluidos en razón de su sexo, raza o situación económica. Se descubre en el testimonio de los mártires que han llegado a compartir la cruz de Cristo hasta la entrega de su vida. En definitiva, la Navidad nos recuerda que Dios no está en contra ni al margen de nosotros, sino que se ha hecho solidario con nosotros para abrirnos un camino que nos lleve a constituirnos como familia humana animada por el amor. Y eso debe causarnos esperanza y una alegría grande.

Carlos Ayala Ramírez

viernes, diciembre 23, 2011

LA NAVIDAD Y LA CRUZ.. Por Mahatma Gandhi


Reflexión de Gandhi sobre la Navidad. Si deseamos a los demás “Felices Navidades” sin dar a estas palabras un sentido profundo, este deseo será una simple fórmula vacía. Hasta que el anhelo de paz no quede satisfecho y hasta que no hayamos librado nuestra civilización de la violencia, Cristo aún no ha nacido...Cristo vivo, significa cruz viva. Sin ella, la vida no es más que una muerte agitada.
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A pesar de que cantemos “Gloria a Dios en lo alto de los cielos y paz en la tierra…”, hoy no hay en la tierra ni gloria a Dios ni paz.

Hasta que el anhelo de paz no quede satisfecho y hasta que no hayamos librado nuestra civilización de la violencia, Cristo aún no ha nacido.

Entonces no pensaremos en Navidad solamente como un aniversario, sino también como en un acontecimiento que puede realizarse toda nuestra vida.

Lo importante es vivir la vida que nunca se para, que continuamente marcha hacia la paz.

Si, por tanto, deseamos a los demás “Felices Navidades” sin dar a estas palabras un sentido profundo, este deseo será una simple fórmula vacía.

Los que no quieren la paz para todos los hombres, tampoco la quieren para sí mismos, ya que no es posible alcanzarla si, contemporáneamente, no existe por parte de todos el mismo intenso deseo de paz.

Es posible, por cierto, sentir paz incluso en un ambiente de lucha, pero sólo a condición de sacrificarse y crucificarse para que desaparezcan las causas de los conflictos.

Así que, como el nacimiento de Cristo es un acontecimiento, la cruz es también un acontecimiento en esta vida de lucha.

Por esta razón, nosotros no tenemos derecho a pensar en la Navidad sin pensar en la muerte en cruz.

Cristo vivo, significa cruz viva. Sin ella, la vida no es más que una muerte agitada.


Mahatma Gandhi

martes, diciembre 28, 2010

Olimpiadas Especiales


Hace algunos años, en las Olimpíadas especiales de Seattle, nueve
concursantes, todos física o mentalmente discapacitados, estaban
preparados en la línea de partida de los 100 metros planos; con el
disparo salieron, no exactamente a una carrera, sino al disfrute de
correr, llegar al final y ganar, todos ellos, excepto un muchacho
que se cayó aparatosamente en el asfalto y comenzó a llorar.

Los otros corredores lo escucharon, redujeron la velocidad y miraron
hacia atrás y todos se volvieron hacia él; una chica, con síndrome
de Dawn, se agachó, le dio un beso en la mejilla y le dijo: "Esto
te hará sentir mejor", luego los nueve encadenaron sus brazos y
todos juntos caminaron hasta la meta.

Todas las personas que estaban en el estadio se pusieron de pie y
comenzaron a gritar por varios minutos; la gente que estuvo allí aún
cuenta esta historia. Aquellos jóvenes podían tener alguna
deficiencia, pero no padecían la peor de las enfermedades: "La
insensibilidad."

No olvidemos que en esta vida más importante que ganar, es ayudar a
otros a vencer también, aunque eso signifique disminuir el paso o
cambiar el curso.

"Hermanos, si alguien es sorprendido en pecado, ustedes que son
espirituales deben restaurarlo con una actitud humilde. Pero
cuídese cada uno, porque también puede ser tentado. Ayúdense unos a
otros a llevar sus cargas, y así cumplirán la ley de Cristo. Si
alguien cree ser algo, cuando en realidad no es nada, se engaña a sí
mismo. Cada cual examine su propia conducta; y si tiene algo de qué
presumir, que no se compare con nadie. Que cada uno cargue con su
propia responsabilidad" Gálatas 6:1-5

viernes, diciembre 24, 2010

Feliz Navidad

Mensaje de Navidad


Faltaba una semana para la Navidad y la asociación de mujeres de la
iglesia había proyectado una fiesta de Navidad en el asilo de
ancianos. En mi calidad de secretaria, tuve que telefonear a todas
las asociadas para pedirles que prepararan algún plato y fueran a
atender personalmente a los ancianos. La mayoría contestaba que
encantada prepararía un pastel, pero que no tenían tiempo para
asistir a la fiesta. Me molestó constatar que tan solo ocho de
treinta y cinco asociadas dijeron que vendrían a ayudar y teníamos
que servir a casi doscientos ancianos.

Las pocas señoras que se habían comprometido a ayudar colocaban los
adornos de Navidad, organizaban las sillas y realizaban los diversos
trabajos necesarios para poner en marcha la fiesta. Gladys, la
presidenta de la asociación, ya se encontraba tras la larga mesa en
la que cada una iba dejando su torta, preparando el ponche y
cortando los pasteles. Me acerqué a ella y le dije:
- ¡Qué lástima! Habría deseado que más señoras hubieran querido
ayudar. ¿Por dónde quieres que empiece?

La cálida sonrisa de Gladys casi borró mi resentimiento:
- Puedes ayudar llevándole la merienda a los ancianos que no
pueden salir de su cuarto.
- Cómo no, dije agarrando una bandeja. ¡Será mejor que comience
pronto, pues voy a tardar un siglo en servirles a todos!

Empezó la música y no sé quién se puso a cantar villancicos con los
ancianos, que estaban todos reunidos en el inmenso patio del
establecimiento. Yo no tenía tiempo de escuchar ni disfrutar las
canciones. Me pasé la tarde corriendo de un lado a otro, llevando
pasteles y ponche, sin mirar casi ni de reojo a los ancianos que
servía. A cada uno le daba además una bolsa de caramelos y un
regalo.

Recorrí todas las alas del edificio, me dolían las piernas de subir
las escaleras. Una de las tantas veces que subí, una viejita que
llevaba un vestido estampado, rasgado y desteñido me tocó el brazo y
me dijo tímidamente:
- Perdone, señorita. ¿Tendría la bondad de cambiarme el regalo?
Me volví hacia ella irritada y repliqué:
- ¿Cambiarle el regalo? ¿Por qué? ¿Es que le tocó uno de hombre?
- No, no... dijo vacilante. Es que me tocaron perlas. Las
perlas representan lágrimas y yo ya no quiero más lágrimas.

Pensé: ¡Qué superstición más tonta! ¡Hay que ver cómo está el mundo!
¡Deberían agradecer cualquier cosa que les dieran!
- Lo siento. Ahora estoy muy atareada. A lo mejor después se lo
puedo cambiar.

Me fui corriendo para llenar otra vez la bandeja y me olvidé al
instante de la señora.

Con la bandeja llena de tortas llegué corriendo a la sección de
mujeres, en la planta baja. Abrí la puerta del cuarto apoyándome de
espaldas y una vez dentro, di la vuelta; cuando vi lo que había
allí, me estremecí de tal modo que la bandeja me empezó a temblar en
mis manos. ¡En aquel cuarto feo y deslucido, acostada en un
camastro de sábanas grises y con un camisón raído, estaba mi madre!
¿Mamá? ¡No puede ser! ¡Mamá está muerta! y de estar viva, no se
encontraría en un lugar así. Se trataba de un asilo para ancianos
sin familia, gente pobre y enferma que no tenía donde estar ni quien
la cuidara.

No podía ser; los ojos me estaban haciendo una jugarreta. Cuando
volví a abrirlos pude ver mejor a la mujer demacrada que ocupaba el
cuarto. No era mi madre, sino una viejita de cabello gris y ojos
azules, que ni se parecía mucho a ella. ¿Qué me habría pasado que
pensé que esa pobre mujer era mi madre? Sería la madre de otro, no
la mía. Entonces, ¿por qué no me sentí aliviada? Todo lo contrario,
me embargó un dolor inmenso y se me hizo un nudo en la garganta.

Sin pronunciar palabra, volví a salir justo a tiempo para que no me
viera llorar. Por el oscuro pasillo retorné a la mesa en la que se
encontraba Gladys trabajando, muy animada. Se me debía de notar lo
mal que me sentía, porque su expresión cambió en cuanto me vio y me
dijo:
- ¿Qué te pasa, Betty? me preguntó, rodeándome con el brazo.
- Es que vi a mi madre... dije sollozando. ¡Acabo de ver a mi
madre allí en un cuarto! No puedo seguir.
- Lo que te pasa es que estás agotada. Tómate un descanso.

Varias personas que se encontraban por allí cerca empezaron a
mirarme. Agarré una servilleta y me fui corriendo para que no me
vieran llorar. Me dirigí a un rincón de la sala donde no había luz
y me senté sollozando:
- Señor, recé, ¿qué me pasa? ¿Me estoy volviendo loca?, y casi al
instante oí su respuesta, que no me llegó con palabras audibles sino
en mis pensamientos: «Y si repartiese todos mis bienes para dar de
comer a los pobres... y no tengo amor, de nada me sirve.»
.

Caí en la cuenta de que esas palabras iban sin duda alguna dirigidas
a mí. Ese día yo había preparado tortas, caminado kilómetros,
llevado comida a muchas personas, pero, ¿para qué? ¿A quién había
estado sirviendo? ¿A quién había tratado con cariño? ¡Ni siquiera
me había molestado en mirar a nadie! Los ancianos no significaban
nada para mí, ni veía sus rostros... hasta que vi en alguien que
sufría el rostro amado de mi madre. Entonces cobraron vida para mí
los ancianos:
- Perdóname, Señor dije en voz baja. Lo he hecho todo al revés.
Tengo que volver a empezar.

Respiré profundamente, me enjugué las lágrimas y volví a la mesa de
los pasteles. Gladys me miró desde donde estaba ocupada y me dijo:
- Ya has hecho bastante por hoy, Betty. ¿Por qué no te vas a casa
a descansar?
- No me pidas que me vaya le respondí. En realidad, recién voy a
empezar como debe ser.

Cuando estaba a punto de irme cargando otra bandeja, de pronto me
acordé:
- Gladys, ¿tienes otro regalo para señoras? Tengo que cambiar uno.

Ella me pasó una cajita que contenía un broche de piedras rojas con
forma de corazón:
- Gracias, es ideal le dije, agarrándola y alejándome deprisa
hacia el patio.

Haz que encuentre a esa mujer, oré para mis adentros. Ni me había
molestado en mirarle la cara. Había estado demasiado ocupada para
prestarle alguna atención. Busqué entre todos los ancianos, de fila
en fila. A todos se les veía contentos, cantando villancicos
mientras resonaba la música. Por primera vez en todo el día, empecé
a sentirme feliz. Entonces vi el andrajoso vestido estampado. La
señora estaba sentada contra la pared, sola, teniendo en su regazo
los caramelos sin desenvolver y las perlas. Se veía muy triste y
desdichada. Me acerqué corriendo y le hablé:
- La he buscado por todas partes. Tome, le traje un regalo
diferente.

Alzó la vista sorprendida y luego, casi como quien pide perdón,
agarró la caja y la abrió. Los ojos se le iluminaron y sonrió de
oreja a oreja encantada:
- Muchas gracias, señorita exclamó, es muy bonito.

De nuevo se me hizo un nudo en la garganta, pero esta vez no me
importó:
- Deje que se lo coloque le dije. Y deme esas perlas, que
ninguna falta nos hacen las lágrimas en Navidad.

Cuando me fui, la dejé cantando en el patio con los demás y me dio
la impresión de que se me quitaba un peso tremendo de encima. Sólo
me quedaba una cosa por hacer antes del fin de la fiesta: volver al
cuarto de la sección de mujeres, en la planta baja. De alguna
forma tenía que darle las gracias a aquella anciana, pero no sabía
cómo. Cuando empujé la puerta, me encontré a la señora sentada en
la cama, comiéndose la torta y cuando entré sonrió:
- Feliz Navidad mamita, le dije.
- ¡Qué bueno que haya vuelto me contestó! Quería darles las
gracias a todas las señoras por venir y hacernos la fiesta. Me
gustaría hacerle un regalo, pero no tengo nada que le pueda dar.
¿Le puedo cantar una canción?

Ya no me podía contener más y asentí con la cabeza. Me senté en la
cama mientras ella me interpretó, con voz chillona, tres estrofas de
una canción muy triste que jamás había escuchado en mi vida. Pero
el resplandor de sus ojos pudo más que la letra y dejó en mí bien
claro el mensaje de la Navidad:
¡Compartir con los demás!

jueves, diciembre 23, 2010

El amor es


La fuerza que te ayuda a realizar algo imposible.
Es lo que te hace soportar penas y dolores.
Es la capacidad de perdonar al prójimo.
Es vivir, compartir, pedir perdón si has fallado alguna vez.
Es dar un abrazo esperando el calor de los sentimientos ajenos.
Es la espera de un sentimiento que puede ser prohibido.
Es poder mostrar nuestro corazón de niño sin tener que esperar nada
a cambio.
Es poder expresar nuestros sentimientos con el alma sin tener que
perder el cuerpo.
Es dar simplemente lo que uno puede dar.
Es esforzarse siempre, para dar un poco más.
Es la energía de la vida, lo que nos impulsa a hacer algo por
nosotros mismos y por los demás.
Es como el viento que sopla y se siente al pasar, es como la lluvia
fina que nos moja al caer.
Es como el canto dulce de un ave al amanecer, es fuego que arde y no
se extingue.
Es el sentimiento más noble, desinteresado, humilde y generoso que
el ser humano pueda sentir.
No te niegues a darlo ni recibirlo.

"Queridos hermanos, amémonos los unos a los otros, porque el amor
viene de Dios, y todo el que ama ha nacido de Él y lo conoce. El
que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor. Así manifestó
Dios su amor entre nosotros: en que envió a su Hijo unigénito al
mundo para que vivamos por medio de Él. En esto consiste el amor:
no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y
envió a su Hijo para que fuera ofrecido como sacrificio por el
perdón de nuestros pecados. Queridos hermanos, ya que Dios nos ha
amado así, también nosotros debemos amarnos los unos a los otros.
Nadie ha visto jamás a Dios, pero si nos amamos los unos a los
otros, Dios permanece entre nosotros, y entre nosotros su amor se ha
manifestado plenamente" 1 Juan 4:7-12.

martes, diciembre 21, 2010

Navidad en tu interior


Navidad significa nacimiento, y el símbolo de la Navidad es una
estrella, una luz en la oscuridad que sirvió de guía para encontrar
al Salvador. No veamos más esta estrella fuera de nosotros, sino
brillando en nuestro cielo interno y aceptémosla como símbolo de que
ha llegado el tiempo del Cristo; el tiempo de reconocer nuestra
verdadera identidad.

Dentro de cada uno de nosotros existe un Salvador que conoce nuestra
totalidad, nuestra esencia. Es una sabiduría innata que, si la
utilizamos como una guía, nos conducirá siempre a experiencias de
paz, armonía y amor. Es algo muy especial que está en todos y es
para todos. Si no sacamos el mayor provecho de ella es sólo porque
no la podemos entender y mucho menos aceptar.

Esta esencia en nosotros es la que conoce nuestra totalidad o
nuestra santidad. Pero como un amigo fiel, no llegará a donde no se
ha le ha invitado. Por lo tanto, vamos a comenzar nuestras fiestas
navideñas abriéndole la puerta a este invitado tan especial. No
temamos abrirle la puerta y recibámosle sin expectativas. Él sabrá
orientarnos, sin equivocarse y nos traerá regalos que no podremos
encontrar en ningún lugar del mundo.

Tan pronto recibamos ese invitado tan especial, estaremos listos
para preparar la gran fiesta. Pero, ¿cómo va a ser esta fiesta de
Navidad? Nuestro amigo no pide nada. No exige sacrificios de
ningún tipo. Por lo tanto, en esta Navidad, cerremos las puertas a
todo sacrificio estéril, a la culpa, al miedo a la escasez y demos
paso a lo único que tiene sentido en nuestras vidas, a ese regalo
del cual derivan su existencia todas las cosas: el amor.

Para muchas personas, las estampas de la Navidad traen sentimientos
de gozo y alegría. Para otras, esta época puede ser difícil,
solitaria, aumentando los sentimientos de culpa y depresión.
Continuamente leemos artículos sobre cómo disfrutar las fiestas, sin
embargo muchos no podemos imaginar cómo salir de ese estado de
inmensa soledad en que algunos nos sumergimos. A veces podemos
sentirnos atrapados entre lo que queremos hacer y lo que debemos
hacer. Nos sentimos culpables porque deseamos quedarnos en casa en
vez de salir a visitar familiares por compromiso.

También podemos sentirnos perdidos porque no tenemos la familia que
quisiéramos tener. Muchos de nosotros, año tras año esperamos que
la mágica Navidad nos regale una persona que pueda llenar el vacío
del solitario corazón, causando honda desesperación cuando no
sucede. Recuerda que no estás solo, que hay muchas personas
compartiendo tus mismos sentimientos.

Ideas que pueden ser de gran ayuda para sentirte mejor contigo mismo
durante la Navidad:

Acepta tus sentimientos sin juzgarlos como buenos o malos. Trabaja
con ellos tratando de reafirmarte en el pensamiento más alto, el de
Dios, en vez del dolor.

Busca disfrutar del amor que está disponible, aunque no sea
exactamente lo que quieras. Si hay alguien a quien puedas
extenderle tu amor, hazlo, verás como lo recibirás multiplicado.

No te conviertas en el mártir. Si la pasada Navidad no fue la
mejor, según tu criterio, recuerda lo que aprendiste para no cometer
los mismos errores. Aprende de ellos, levántate y sigue adelante.
Recuerda que la alegría atrae la alegría y el dolor atrae dolor.
Busca siempre atraer lo mejor.

En esta Navidad, deja que tu Ser se sane por completo del dolor y el
sufrimiento y celebra tu liberación de las falsas cadenas que te han
mantenido alejado del disfrute pleno de la felicidad.

El Príncipe de Paz ha nacido para restablecer la condición de amor
que no puede separarnos del Padre. Ha venido para enseñarnos que el
mejor regalo que podemos hacer en esta Navidad es reconocer que
todos somos hijos de un mismo Padre y que no puede haber separación
entre sus hijos.

No permitamos que el rencor opaque el gozo de la Navidad, porque el
nacimiento de Jesús no tendría sentido si lo apartamos de este
gozo. Unámonos a celebrar un nuevo despertar en nuestras
conciencias. Tengamos fe, construyamos un mundo de esperanzas.

Perdona, porque el perdón libera el alma y un alma libre puede
elevar sus alas hacia horizontes no explorados.

lunes, diciembre 20, 2010

Gansos perdidos en Navidad


Érase una vez un hombre que no creía en Dios. No tenía reparos en
decir lo que pensaba de la religión y las festividades religiosas,
como la Navidad. Su mujer, en cambio, era creyente a pesar de los
comentarios desdeñosos de su marido.

Una Nochebuena en que estaba nevando, la esposa se disponía a llevar
a los hijos al oficio navideño de la parroquia de la localidad
agrícola donde vivían. Le pidió al marido que los acompañara, pero
él se negó.

¡Qué tonterías! -arguyó-. ¿Por qué Dios se iba a rebajar a descender
a la tierra adoptando la forma de hombre? ¡Qué ridiculez!. Los niños
y la esposa se marcharon y él se quedó en casa. Un rato después, los
vientos empezaron a soplar con mayor intensidad y se desató una
ventisca. Observando por la ventana, todo lo que aquel hombre veía
era una cegadora tormenta de nieve. Y decidió relajarse sentado ante
la chimenea.

Al cabo de un rato, oyó un golpazo; algo había golpeado la ventana.
Luego, oyó un segundo golpe fuerte. Miró hacia afuera, pero no logró
ver a más de unos pocos metros de distancia. Cuando empezó a amainar
la nevada, se aventuró a salir para averiguar qué había golpeado la
ventana.

Dos gansos aturdidos yacían al pié de su ventana y en su potrero
descubrió una bandada de gansos salvajes. Por lo visto iban camino
al sur para pasar allí el invierno, se vieron sorprendidos por la
tormenta de nieve y no pudieron seguir. Perdidos, terminaron en
aquella granja sin alimento ni abrigo. Daban aletazos y volaban bajo
en círculos por el campo, cegados por la borrasca, sin seguir un
rumbo fijo. El agricultor sintió lástima de los gansos y quiso
ayudarlos. Sería ideal que se quedaran en el granero -pensó-. Ahí
estarán al abrigo y a salvo durante la noche mientras pasa la
tormenta.

Dirigiéndose al establo, abrió las puertas de par en par. Luego,
observó y aguardó, con la esperanza de que las aves advirtieran que
estaba abierto y entraran. Los gansos, no obstante, se limitaron a
revolotear dando vueltas. No parecía que se hubieran dado cuenta
siquiera de la existencia del granero y de lo que podría significar
en sus circunstancias. El hombre intentó llamar la atención de las
aves, pero sólo consiguió asustarlas y que se alejaran más.

Entró a la casa y salió con algo de pan. Lo fue partiendo en pedazos
y dejando un rastro hasta el establo. Sin embargo, los gansos no
entendieron. El hombre empezó a sentir frustración. Corrió tras
ellos tratando de ahuyentarlos en dirección al granero. Lo único que
consiguió fue asustarlos más y que se dispersaran en todas
direcciones menos hacia el granero. Por mucho que lo intentara, no
conseguía que entraran al granero, donde estarían abrigados y
seguros.

¿Por qué no me seguirán? -exclamó- ¿Es que no se dan cuenta de que
ese es el único sitio donde podrán sobrevivir a la nevasca?.
Reflexionando por unos instantes, cayó en la cuenta de que las aves
no seguirían a un ser humano. Si yo fuera uno de ellos, entonces sí
que podría salvarlos -dijo pensando en voz alta.

Seguidamente, se le ocurrió una idea. Entró al establo, agarró un
ganso doméstico de su propiedad y lo llevó en brazos, paseándolo
entre sus congéneres salvajes. A continuación, lo soltó. Su ganso
voló entre los demás y se fue directamente al interior del establo.
Una por una, las otras aves lo siguieron hasta que todas estuvieron
a salvo.

El campesino se quedó en silencio por un momento, mientras las
palabras que había pronunciado hacía unos instantes aún le resonaban
en la cabeza: Si yo fuera uno de ellos, ¡entonces sí que podría
salvarlos!. Reflexionó luego en lo que le había dicho a su mujer
aquel día: ¿Por qué iba Dios a querer ser como nosotros? ¡Qué
ridiculez!.

De pronto, todo empezó a cobrar sentido. Entendió que eso era
precisamente lo que había hecho Dios. Diríase que nosotros éramos
como aquellos gansos: estábamos ciegos, perdidos y a punto de
perecer. Dios se volvió como nosotros a fin de indicarnos el camino
y, por consiguiente, salvarnos. El agricultor llegó a la conclusión
de que ese había sido ni más ni menos el objeto de la Natividad.

Cuando amainaron los vientos y cesó la cegadora nevasca, su alma
quedó en quietud y meditó en tan maravillosa idea.

De pronto comprendió el sentido de la Navidad y por qué había venido
Jesús a la tierra. Junto con aquella tormenta pasajera, se disiparon
años de incredulidad. Hincándose de rodillas en la nieve, elevó su
primera plegaria:
"Dios... ahora entiendo porqué tuviste que hacerlo"
"Te hiciste hombre... te hiciste uno de nosotros... para salvarnos,
cargaste con nuestros pecados y nos permites entrar en el cielo para
gozar de la vida eterna junto a ti" "¡Gracias Dios!... ¡Muchas
gracias!"
"¡Gracias Señor, por venir en forma humana a sacarme de la
tormenta!".

miércoles, diciembre 15, 2010

Historia de Navidad


De prisa, entré en la tienda por departamentos a comprar unos regalos
de Navidad a última hora. Miré a mi alrededor toda la gente que allí
había y me molesté un poco. "Estaré aquí una eternidad; con tanto que
tengo que hacer" pensé.

La Navidad se había convertido ya casi en una molestia. Estaba
deseando dormirme por todo el tiempo que durara la Navidad. Pero me
apresuré lo más que pude por entre la gente en la tienda. Entré en el
departamento de juguetes. Otra vez más, me encontré murmurando para
mí misma, sobre los precios de aquellos juguetes. Me pregunté si mis
nietos jugarían realmente con ellos. De pronto, me encontré en la
sección de muñecas. En una esquina, me encontré un niñito, como de 5
años, sosteniendo una preciosa muñeca.

Estaba tocándole el cabello y la sostenía muy tiernamente. No me pude
aguantar; me quede mirándolo fijamente y preguntándome para quién
sería la muñeca que sostenía, cuando de pronto se le acercó una
mujer, a la cual él llamó tía. El niño le preguntó: "¿Estás segura
que no tengo dinero suficiente ?" Y la mujer le contestó, con un tono
impaciente: "Tú sabes que no tienes suficiente dinero para comprarla."

La mujer le dijo al niño que se quedara allí donde estaba mientras
ella buscaba otras cosas que le faltaban. El niño continuó
sosteniendo la muñeca.

Después de un ratito, me le acerqué y le pregunte al niño para quién
era la muñeca. El me contestó: "Esta muñeca es la que mi hermanita
deseaba con tanto anhelo para Navidad. Ella estaba segura que Santa
Claus se la iba a traer."

Yo le dije que lo más seguro era que Santa Claus se la traería. Pero
él me contesto: "No, Santa no puede ir a donde mi hermanita está. Yo
le tengo que dar la muñeca a mi mamá para que ella se la lleve a mi
hermanita."

Yo le pregunté dónde estaba su hermana. El niño, con una cara muy
triste me contestó: "Ella se fue con Jesús. Mi papá dice que mamá se
va a ir con ella también." Mi corazón casi deja de latir. Volví a
mirar al niño una y otra vez. El continuó: "Le dije a Papá que le
dijera a Mamá que no se fuera todavía. Le dije que le dijera a ella
que esperara un poco hasta que yo regresara de la tienda."

El niño me preguntó si quería ver su foto y le dije que me
encantaría. Entonces, sacó unas fotografías que tenía en su bolsillo
y que había tomado al frente de la tienda y me dijo: "Le dije a Papá
que le llevara estas fotos a mi Mamá para que ella nunca se olvide de
mí. Quiero mucho a mi Mamá y no quisiera que ella se fuera. Pero Papá
dice que ella se tiene que ir con mi hermanita."

Me dí cuenta que el niño había bajado la cabeza y se había quedado
muy callado. Mientras él no miraba, metí la mano en mi cartera y
saqué unos billetes. Le dije al niño que contáramos el dinero otra
vez. El niño se entusiasmó mucho y comentó: "Yo sé que es
suficiente." Y comenzó a contar el dinero otra vez. El dinero ahora
era suficiente para pagar la muñeca. El niño, en una voz muy suave,
comentó:"Gracias Jesús por darme suficiente dinero".

El niño entonces comentó: "Yo le acabo de pedir a Jesús que me diera
suficiente dinero para comprar esta muñeca, para que así mi Mamá se
la pueda llevar a mi hermanita. Y El oyó mi oración. Yo le quería
pedir dinero suficiente para comprarle a mi Mamá una rosa blanca
también, pero no lo hice. Pero El me acaba de dar suficiente para
comprar la muñeca y la rosa para mi Mamá. A ella le gustan mucho las
rosas. ¡Le gustan mucho las rosas blancas!".

En unos minutos la tía regresó y yo, desapercibidamente, me fui.
Mientras terminaba mis compras, con un espíritu muy diferente al que
tenía al comenzar las compras, no podía dejar de pensar en el niño.

Seguí pensando en una historia que había leído en el periódico unos
días antes, acerca de un accidente causado por un conductor ebrio, el
cual había causado un accidente donde había perecido una niñita y su
mamá estaba en estado de gravedad. La familia estaba deliberando en
si mantener o no a la mujer con vida artificial y máquinas. Me di
cuenta de inmediato que este niño pertenecía a esa familia.

Dos días más tarde leí en el periódico que la mujer del accidente
había sido removida de la maquinaria que la mantenía viva y había
muerto. No me podía quitar de la mente al niño. Más tarde ese día,
fui y compré un ramo de rosas blancas y las llevé a la funeraria
donde estaba el cuerpo de la mujer. Y allí estaba, la mujer del
periódico, con una rosa blanca en su mano, una hermosa muñeca, y la
foto del niño en la tienda.

Me fui llorando... mi vida había cambiado para siempre. El amor de
aquel niño por su madre y su hermanita era enorme. En un segundo, un
conductor ebrio le había destrozado la vida en pedazos a aquel niñito.

Ahora tú tienes la opción; tú puedes:

1) Cambiar de actitud y ser más sensible ante la necesidad de los
demás, pudiendo convertirte en instrumento de Dios para ayudar a
otros ó

2) Actuar como si no te hubiera tocado el corazón.

martes, diciembre 14, 2010

Otra historia de Navidad


En ocasiones pensamos que nuestros problemas son los más grandes del
mundo. Algo parecido le sucedió a un muchacho llamado Francisco,
hasta que tuvo un encuentro inesperado con una señora.

Frank, así le llamaban, siempre había sido un buen estudiante y
deportista. En sus estudios, era un alumno sobresaliente. Le
gustaba el básquetbol y sabía jugarlo. Se había preparado
especialmente para jugar la próxima temporada, incluso había
comprado unos zapatos muy suaves y cómodos para jugar. Tal vez por
esa situación tan halagadora le produjo un gran dolor cuando al leer
la lista de los seleccionados no encontró su nombre en ella. Ese
día sintió como si hubiera dejado de existir, como si se hubiese
vuelto invisible.

Muy triste salió de los vestidores, tratando de encontrar una
explicación a su exclusión del equipo. Caminó durante un buen rato,
pero nada lo consolaba. Duró varios días de mal humor, no queriendo
hablar con nadie y respondiendo mal a sus padres cuando intentaban
acercársele. Nada le agradaba. Un día de mucho frío y lluvia, tomó
el autobús de costumbre y se sentó cerca del conductor. Mas tarde,
una mujer en estado avanzado de su embarazo con paso lento subió al
autobús y se sentó detrás del asiento del conductor. Este le
preguntó en voz alta:
- ¿Dónde están sus zapatos, señora? Afuera habrá sólo diez
grados de temperatura.

Francisco no se había fijado, pero efectivamente la señora iba sólo
con unas medias medio mojadas. La señora le contestó al hombre:
- No puedo darme el lujo de tener zapatos. Subí al autobús sólo
para calentarme los pies. Si no le importa viajaré con usted un
rato.

El conductor se rascó su cabeza calva y exclamó:
- Sólo dígame, ¿cómo es que no puede permitirse unos zapatos?
La señora le dijo:
- Tengo tres hijos. Todos tienen zapatos. No quedó dinero para
mí. Pero está bien, el Señor cuidará de mí.

En ese momento Frank miró hacia abajo, observó sus zapatos nuevos
marca Nike. Sus pies estaban cálidos y cómodos, igual que siempre.
Entonces miró a la mujer, sus medias estaban desgarradas. Pensó que
esa persona era "invisible" en otro sentido. Era una señora
marginada y olvidada por la sociedad. Él siempre podría darse el
lujo de tener zapatos. Ella tal vez nunca.

En ese momento Frank se quitó los zapatos. Pensó que tendría que
caminar tres cuadras, pero el frío nunca le había molestado. Cuando
el autobús se detuvo en la parada final, Frank esperó hasta que
todos se hubieran bajado, entonces recogió sus zapatos, se acercó a
la mujer y se los entregó diciéndole:
- Tenga señora, usted los necesita más que yo.

No esperó a que le diera las gracias, sino que se bajó de prisa sin
darse cuenta que caía en un charco. No importaba, no sentía el
frío. En eso escuchó a la señora que desde la ventana del autobús
le decía:
- Mira, ¡me quedan perfectos!".
El conductor del autobús le preguntó:
- ¿Cómo te llamas muchacho?
Él respondió:
- Frank.
El conductor le dijo:
- ¡Muy bien, Frank! En mis veinte años de conductor nunca había
visto un gesto semejante.

La mujer, llorando, le decía al conductor:
- Ya ve. Le dije que el Señor cuidaría de mí, y volviéndose,
dijo: "Gracias Frank".
- No hay de qué. No es gran cosa; además es Navidad, respondió
Frank, quien se dirigió a su casa con los pies helados pero con el
corazón contento y riéndose por haberse preocupado de no jugar con
la selección ese año.

A veces hace falta mirar a nuestro alrededor, para descubrir que los
demás están más necesitados que nosotros mismos. Descubramos el
rostro de Cristo en esas personas necesitadas, recordando las
palabras de Jesús:

"Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve
sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis; estuve
desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y
vinisteis a mí... de cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno
de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis" Mateo 25: 35-
40.

lunes, diciembre 13, 2010

No le pidas a Dios


No le pidas a Dios que te de grandes éxitos;
Pídele pequeños adelantos de virtud.

No le pidas a Dios que aligere el peso de tu vida;
Pídele que te de fuerzas para llevar el que Él quiera ponerte.

No le pidas a Dios poder demostrar que tienes razón;
Pídele que te deje entrar siempre en el fondo de la verdad que pueda
tener el otro.

No le pidas a Dios que todo el mundo te escuche;
Pídele guardar silencio para que puedas escuchar a los demás.

No le pidas a Dios tiempo para tus males;
Pídele capacidad para comprometerte con los males de los otros.

No le pidas a Dios que te cambie de cruz;
Pídele que seas capaz de adaptarte a la que viene calculada para tu
condición, tu talla y tu estatura.

No le pidas a Dios felicidad plena;
Pídele saber hacer dichosa la vida con lo que tienes a tu alcance.

No le pidas a Dios cumplir con todo lo que te ha mandado;
Pídele saber ofrecerle algo que nunca te ha pedido.

No le pidas a Dios el hogar más lujoso;
Pídele el que tengas habilidad de manejar.

No le pidas a Dios dinero en abundancia;
Pídele lo necesario para garantizar tu salvación.

No le pidas a Dios tanto viento que te sople;
Pídele una brújula que te oriente.

No le pidas a Dios la magia de la suerte;
Pídele el merecimiento del trabajo.

No le pidas a Dios muchos dones para lucirte en sociedad;
Pídele mejor entrar a tu corazón.

No le pidas a Dios concebir muchos proyectos;
Pídele una buena obra realizada en bien de los demás.

No le pidas a Dios un éxito rotundo;
Pídele que siempre te deje ver el punto débil de tu pequeñez.

Y a la hora de morir...

No le pidas a Dios lo que te mereces;
Pídele su misericordia y su amor.

"En fin, vivan en armonía los unos con los otros; compartan penas y
alegrías, practiquen el amor fraternal, sean compasivos y humildes.
No devuelvan mal por mal ni insulto por insulto; más bien, bendigan,
porque para esto fueron llamados, para heredar una bendición" 1
Pedro 3:8-9

"Por último, hermanos, oren por nosotros para que el mensaje del
Señor se difunda rápidamente y se le reciba con honor, tal como
sucedió entre ustedes. Oren además para que seamos librados de
personas perversas y malvadas, porque no todos tienen fe. Pero el
Señor es fiel, y Él los fortalecerá y los protegerá del maligno.
Confiamos en el Señor de que ustedes cumplen y seguirán cumpliendo
lo que les hemos enseñado. Que el Señor los lleve a amar como Dios
ama, y a perseverar como Cristo perseveró" 2 Tesalonicenses 3:1-5