Jovenes por siempre, Carmelitas de Corazón, Creciendo juntos. Ecuador en la Mitad del Mundo
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lunes, junio 17, 2013

Nosotros hemos encontrado el amor que Dios nos tiene y hemos creído en su amor: Dios es amor


El Evangelio de Jesús con Magdalena indica el fundamento principal de nuestra conversión, de nuestra liberación y paz. El fundamento está en creer que la actitud principal y esencial está en creer en el amor de Dios por nosotros. Esa fue la fe de esta mujer pecadora. Y obtuvo una respuesta de Jesús: “Te quedan perdonados tus pecados… Tu fe te ha salvado; vete en paz”. La Magdalena tiene una profunda convicción: “Dios me ama.. Dios me amó primero”. Esta convicción, a pesar de sus pecados, a pesar de los prejuicios y discriminación del contorno social sobre su condición, la hace vencer, también con amor, todo obstáculo, y poder llegar y acercarse confiadamente, buscando, con un arrepentimiento, lleno de amor por Jesús, el perdón de sus pecados.

La actitud del fariseo Simón, contrasta con la actitud de Jesús. Tanto la actitud de Simón como la de Jesús, nos muestran dos tipos de relaciones muy distintas de espiritualidad con respecto a Dios.

Simón encarna la espiritualidad desde arriba, la del “cumplir” preceptos, la del acumular méritos personales; se trata de una espiritualidad “legalista y de perfeccionismo”, que confía más en su esfuerzo personal que en el amor gratuito de Dios. Esto todavía existe en ciertos movimientos de espiritualidad, centrados en sí mismos en el cumplimientos de sus prácticas, “cumpliendo y acumulando” con sus devociones y prácticas piadosas un “capital de gracia” que poco o nada “chorrea” de amor a sus hermanos externos a los grupos del movimiento; se vive una religión individualista y más bien privada para sus integrantes.

Por otro lado está la actitud espiritual de la Magdalena que Jesús favorece y hace suya. Para la Magdalena lo principal era el amor a Jesús, el Señor. Ese amor la lleva a la conversión. Ella está convencida que su amor a Jesús y el amor de Jesús a ella cubriría la multitud de sus pecados. Tenía un corazón y alma de pobre: era una necesitada de Jesús. Tenía hambre y sed del amor y del perdón salvador de Jesús. Ella a su vez amaba a Jesús. Ese amor de pobreza de espíritu la impulsa a vencer cualquier obstáculo y discriminación por su condición de pecadora. Esa fuerza la hace acercarse a Jesús, rompiendo cualquier barrera y confiando más en la fuerza de su amor que en la discriminación sufrida a causa de sus pecados que reconocía, y que tendían a alejarla. Es “la espiritualidad desde abajo”, desde el fondo de su pecado y miseria humana reconocida con humildad, ella que amaba a Jesús, confiaba que sus brazos, cual ascensor para ella, la subirían y la sacarían de su fango.

Jesús, el Maestro, enseña a través del episodio de la Magdalena, una espiritualidad cristiana. Lo principal es nuestro amor y nuestra entrega confiada a él. Este amor y entrega nuestra a él nos hace olvidarnos de nosotros mismos, aun de nuestros pecados. Lo que a Jesús le interesa es la entrega nuestra y nuestro abandono de nosotros mismos, poniendo toda nuestra vida en él y en los demás. No le interesa un recuerdo de nuestros pecados, defectos, debilidades y limitaciones: lo más importante es la entrega y el amor nuestro a él y a nuestros hermanos. Por eso, comparando el amor de Magdalena y el fariseo, le dice a éste: “Por esto te digo, que su mucho amor demuestra que sus muchos pecados son perdonados”. Lo que quiere Jesús es que el cristiano vaya desde abajo, ascendiendo, de su amor a la conversión y también al cumplimiento con una mística de amor entregado y comprometido. Y esto es más importante que cualquiera otra espiritualidad fría sin amor, cumplida por cumplir.

Ahora, “la espiritualidad desde abajo” de Magdalena es fruto de una convicción: “Dios me ama”. Su amor por mí es el que sube y mejora mi vida, postrada y tirada “a la vera del camino”. La espiritualidad cristiana no es tanto nuestro esfuerzo por buscar a Dios, como creer y aceptar que Dios nos busca y nos ama, a pesar de nuestros pecados. Él es el Dios de lo imposible. Su amor es la victoria que vence al pecado de la humanidad caída: “El amor consiste en esto: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros y envió a su Hijo como sacrificio por nuestros pecados… Así hemos llegado a saber y creer que Dios nos ama. Dios es amor… Nosotros amamos a Dios porque él nos amó primero” (1 Jn 4, 10. 16. 19.). No se trata tanto de esfuerzos y méritos personales. Dios se acercó, se abajó, “no consideró indigno hacerse uno de nosotros”. Nació pobre en una pesebrera, y desde allí, desde abajo, comenzó su trabajo lleno de amor por nosotros; se hizo pobre con los pobres, hasta abajarse tanto por amor, que lo llevó a ser “un varón de dolores, ante quien se vuelve el rostro”; se abajó a la manera de un condenado a muerte, cargando con la Cruz de nuestra miseria humana, y desde esa sufrida situación se despoja de todo hasta de su propia vida: “No hay amor más grande que dar la vida por los que se ama”. Y lo que para los criterios humanos es un fracaso, para los criterios de Dios es una victoria. Desde un Dios que se hizo un hombre, que se abajó por amor. Desde abajo, desde una condición de despojo, Jesús obtuvo la victoria que vence al mundo. Y desde un sepulcro en tierra surge la vida y la resurrección, que nos da, desde una vida nuestra débil, frágil y pecadora, una vida que sube hasta la vida eterna.

De este amor, de un Dios que nos ama, haciéndose un hombre, es que Magdalena estaba convencida. Esto la hizo acercarse a Jesús, la hizo ser fiel en su seguimiento del Señor dejando atrás sus faltas y temores, que se convierten en obstáculos que vencer. La raíz de su liberación está en la confianza en un Dios que la ama. Ese amor de Jesús, la llevó a un amor suyo, que la convirtió en la primera mujer apóstol, haciéndola salir desde abajo, desde su pecado, y desde el sepulcro abierto y vacío, desde la aparición del Resucitado a ella, repito, es la primera mujer apóstol: Jesús Resucitado “al amanecer del primer día de la semana, apareció primero a María Magdalena… Jesús le dijo… anda y diles a mis hermanos, que subo a donde está mi Padre y Padre de ustedes, mi Dios y Dios de ustedes. Entonces María Magdalena fue a anunciar a los discípulos: ‘He visto al Señor y me ha dicho tales y tales cosas’” (Mc 16, 9; Jn 20, 17 – 18).

Así como la Magdalena, el pecado que hay en nosotros debe convertirse en un salto de fe en el amor de Jesús. Jesús nos dice: Ámame como tú eres. No esperes hacer méritos y esfuerzos meramente personales, porque así no me amarías nunca.

Ante Dios, hay que aceptarse y presentarse como uno es, con todas nuestras fallas, y esperarlo todo de Dios.

La santidad cristiana no consiste o no está en tal o cual práctica de piedad, ni tampoco en la falta de defectos y pecados. La santidad se fundamenta en una actitud del corazón que nos hace pobres de espíritu, humildes, desde abajo, mostrando a Dios nuestra pequeñez y confianza en su amor: “En lo pequeño Dios se manifiesta grande”. 

“El Señor hizo en mí maravillas porque se fijó en la pequeñez de su sierva”. Amén.

Eugenio Pizarro Poblete

martes, diciembre 04, 2012

Haz de mi Señor un instrumento de tu paz

"¡Estoy hecho un lío, Señor! (¿Me oyes? ¿Estás ahí? ¿Existes?)... No me entiendo. No me sé.

¡Con lo fácil que sería ser como todo el mundo, seguir el camino normal, tener más de un par de zapatos y, de vez en cuando, celebrar un cumpleaños...!

Pero desde el día que tuve el coraje de decirme a mí mismo que no creía en lo que estaba haciendo, todo se me tambalea; mi fortaleza está casi derruída, como esta iglesia. Ya no sé en lo que creo ni lo que quiero hacer.

¿Por qué no dejar que todo siga adelante, decir las mismas mentiras que nos repetimos unos a otros, poner mis alegrías en conseguir de vez en cuando el último CD del artista de moda...?

Ahora ya es imposible. Aunque quisiera ya no podría engañarme otra vez. Y aquí estoy yo hoy, que quiero vivir a tope y no a sorbos... y ni siquiera sé por donde empezar...

Estoy hecho un lío, Dios. Y tú, ¿me oyes? ¿existes?

Tú eres el dios de mi niñez. El dios de las primeras mentiras; el "dios te ve" que justificaba tanta ley hipócrita de los mayores; el dios que estaba contento si yo me fastidiaba y que lloraba cuando me masturbaba... (bueno, cuando menos eso me dijeron).

El dios que justifica las guerras, que sanciona las injusticias
sociales, que enseña la sumisión, el acatamiento; que amenaza con la condenación eterna si te atreves a pensar por ti mismo... El dios de una Iglesia que emplea sus mejores energías en ver cómo seguir manteniéndose en el poder; el dios en quien no puede creer nadie medianamente inteligente al llegar a cierta edad... ¡Yo, como aquel señor, no soy ateo: solamente pido cosas dignas de creerse!

Pero tú eres también el Dios que salva el sentido de todo lo que existe: desde el humilde tronquito con una sola hoja hasta los trillones de estrellas regadas como un chorro de leche por los firmamentos perdidos.

Tú eres el Dios existente sin que nadie pruebe tu existencia. Tú no eres un político interesado en aumentar el número de votos, ni te aterroriza, como a las iglesias, que disminuya el número de creyentes, porque para ti lo de creyentes o ateos es algo secundario: todos somos hijos predilectos tuyos, carne de tu carne viva de Creador, hermosas criaturas pensadas una a una desde mucho antes de que el Universo estallase de alegría una mañana, borracho de vida.

En ti creemos los hombres cuando nos sentimos vivos y a ti te estamos viendo cuando vemos el latido de la vida todo alrededor.

Tú hiciste al perro que me mira con ojos candorosos preguntándome si lo voy a sacar a la calle; tú inventaste la lluvia que mansamente cae sobre los tejados de tejas rojas; tuya fue la idea de hacer crecer flores allí donde nadie llegará nunca a verlas, sólo por el gusto de que la belleza fuera gratuita.

De ti, Dios, tenemos semejanza cuando la madre sale corriendo para evitar que su hijito cruce solo la carretera; de ti cuando el hombre, después de un día agotador de trabajo, encuentra a los amigos en el
bar; de ti cuando en la calle la prostituta te agradece que le des fuego, sin repugnancia y sin lástima paternalista...

¿Qué importa que unos te llamen Dios y a otros simplemente se les llenen los ojos de lágrimas? Aunque para muchos tú no existas, todo lo bueno se parece a ti.

Estoy hecho un lío, Dios. ¿qué tengo qué hacer para no desperdiciarme? ¿Por dónde diablos se va a la gran alegría? No es el momento de seguir preguntándome si existes tú, sino de decidir cómo voy a existir yo.

"PADRE" te llamaba Jesús de Nazareth, que pasó por la vida haciendo el bien. Hasta que le exprimieron la vida cuando apenas empezaba a ser hombre. Todo por decirles a los poderosos, a los que deciden lo que
está bien y lo que está mal, que lo suyo estaba mal. Unos pescadores, un empleado de banca y unas cuantas mujeres menuditas le quisieron hasta el grito y la persecución. Porque se quitaba del sueño para andar curando gente, animando a los derrotados y llenando las tardes de paz y de esperanzas buenas.

EL era feliz así. ¿por qué? ¿qué tenía de grande su vida corta, rodeado de la escoria y la podredumbre de un rincón del mundo donde ni siquiera llegaban los periódicos? ¿Quién le pinchó en las venas esa locura de vivir abriendo nuevos mercados al amor? ¿Es que a la cumbre de la vida se llega yendo hacia abajo?

Jesús responde que aprovecha la vida quien pone manos a la obra para que haya vida en abundancia; quien no deja pobre con miseria ni enfermo con dolor ni doliente sin cariño. Que se vive en plenitud cuando se dedica la vida a producir vida (como el humilde asno que saca todo el día cubos de agua con la noria) y luego dejarlo todo más vivo cuando ya tú terminas....

Creer en ti no significa saberse el credo, sino pasar haciendo el bien. Ser cristiano significa hacerlo todo nuevo.

Que así sea en mí. Que esta sea mi locura. Yo engancharé mi vida a la tuya, como la manguera a la fuente y plantaré en mis entrañas la semilla de tu inmortalidad.



Haz de mí, Señor, un creador de cosas vivas;
haz de mí, Señor, un instrumento de tu paz.
Que donde haya odio, ponga yo amor;
donde haya ofensa, ponga perdón;
donde haya discordia, ponga unión;
donde haya error, ponga verdad;
donde haya duda, ponga confianza;
donde haya desesperación, ponga esperanza;
donde haya tinieblas, ponga luz,
y donde haya tristeza, ponga yo alegría.



Haz, en fin, Señor, que no me empeñe tanto en ser consolado, como en consolar;
en ser comprendido, como en comprender;
en ser amado, como en amar.
Porque dando es como se recibe,
olvidando es como se encuentra,
perdonando se es perdonado

y muriendo se resucita a la vida que no conoce fin.


Así rezó Francisco, el buenagente. Y cuando ya era casi de noche, cuando el silencio reposaba ya sobre cada piedra de aquella iglesita casi destruida el crucifijo de San Damián habló a Francisco y le dijo:

Francisco, ve y repara mi Iglesia, que como ves, amenaza ruina."

de "Oracion en San Damiano", del libro Francisco el Buenagente, de Cortés.

jueves, octubre 18, 2012

TODO



Bienaventurados seréis cuando os insulten y persigan y cuando os calumnien de mil modos por causa mía. Alegraos y regocijaos, porque grande será en los cielos vuestra recompensa. (Mt 5,11- 12)

No penséis que he venido a poner paz en la tierra, no vine a traer paz sino  espada. (Mt 10,34)

Si el mundo os aborrece, sabed que antes me aborreció a Mí. Si fueseis del mundo, el mundo os amaría como cosa suya; pero porque no sois del mundo, sino que Yo os escogí del mundo, por eso el mundo os aborrece. Acordaos de mis palabras: «No es el siervo mayor que su señor. Si me persiguieron a Mí, también a vosotros os perseguirán». (Jn 15,18-20)

He oído predicar el Evangelio a un sacerdote que vivía el Evangelio. Los pequeños, los pobres, quedaron entusiasmados, los grandes, los ricos, salieron escandalizados, y yo pensé que bastaría predicar sólo un poco el Evangelio para que los que frecuentan las iglesias se alejaran de ellas y para que los que no las conocen las llenaran.

Yo pensé que era una mala señal para un cristiano el ser apreciado por la «gente bien».
Haría falta —creo yo— que nos señalaran con el dedo tratándonos de locos o revolucionarios.
Haría falta —creo yo— que nos armasen líos, que firmasen denuncias contra nosotros, que intentaran quitarnos de en medio.
Esta tarde, Señor, tengo miedo, tengo miedo porque sé que tu Evangelio es terrible:
es fácil oírlo predicar,
es todavía relativamente fácil no escandalizarse de él, pero vivirlo... vivirlo es bien difícil.
Tengo miedo de estarme equivocando, Señor. Tengo miedo de estar satisfecho con mi vidita decorosa,
tengo miedo de las buenas costumbres que yo tomo por virtudes,
tengo miedo de mis pequeños esfuerzos que me dan la impresión de avanzar,
tengo miedo de mis actividades que me hacen creer que me entrego,
tengo miedo de mis sabias organizaciones que yo tomo por éxitos,
tengo miedo de mi influencia: me imagino que transforma las vidas,
tengo miedo de lo que doy, pues me esconde lo que no doy,
tengo miedo porque hay gente que es más pobre que yo, los hay peor instruidos que yo peor desarrollados peor albergados peor abrigados peor pagados peor
alimentados menos acariciados menos amados. Yo tengo miedo, Señor, pues no hago bastante por ellos, no hago todo por ellos.
Sería necesario que yo lo diera todo
sería necesario que yo lo diese todo hasta que no quedara ni un solo sufrimiento,
ni una sola miseria, ni un solo pecado en el mundo. Haría falta, Señor, que yo lo diera todo, todo y siempre.
Haría falta que yo diera mi vida.
Pero no, esto no puede ser verdad del todo,
no puede ser verdad para todos. Estoy exagerando, hay que ser razonables.

Hijo mío, no hay más que un solo mandamiento para todos:
«.Amarás con todo el corazón
con toda el alma
con todas sus fuerzas.»

Miche Quoist

miércoles, octubre 17, 2012

«Llegué a entender que la muerte no es la última palabra, que no estamos aquí por casualidad»


Blanca López-Ibor
 “No te impliques tanto que vas a sufrir mucho”, le dijeron al comienzo de su carrera a la doctora López-Ibor cuando trataba a una niña con leucemia. Ella respondió: “No me gustaría ser esa niña, ni sus padres, y tener un médico como tú”. Así empezó su vocación por la oncología pediátrica. Ella no trata el cáncer, sino a niños con cáncer. Por eso, toda su energía se desgasta no solo en curar a sus pacientes, sino en conseguir que integren la enfermedad en su vida normal.

Los miedos del niño
Quince mudanzas y distintos hospitales públicos y privados le ha costado a Blanca López-Ibor formar una unidad de oncología pediátrica [en el Hospital Montepríncipe de Madrid] hecha a la medida de las necesidades de los niños con cáncer y sus familias. Ante la enfermedad, un niño tiene dos miedos: al dolor y a estar solo. Por eso, en esta unidad todos los procedimientos dolorosos se realizan bajo anestesia y los niños están siempre acompañados por sus padres.

Incluso en la antesala del quirófano, y siempre que es posible, los niños se duermen en los brazos de sus padres y se despiertan junto a ellos. Por eso la consiga de “el niño en el centro” aquí no es solo una teoría. “No hacemos lo que el médico o el hospital necesitan, sino lo que el niño necesita, como lo necesite y cuando lo necesite, tanto desde un punto de vista técnico como intelectual, social, psicológico y espiritual”, explica la doctora.

En este rincón del hospital no hay una sala de quimio como tal, sino un salón de juegos, un aula de música, un bosque donde celebrar cumpleaños -y en el que los adolescentes hacen fiestas con sus amigos-, un sacerdote de forma permanente y un colegio con un horario de clases en el que ni la propia doctora López-Ibor interrumpe a los alumnos... Este lugar no da miedo, y no porque las paredes estén decoradas con motivos infantiles, sino porque es un sitio donde se respira mucha vida.

Mudanza del alma
Blanca López-Ibor nos recibe en su despacho, otrora repleto de fotos de sus niños, y que ahora viste desnudo. “Hace poco tuve que hacer mudanza del alma”, se excusa. No es de piedra. Llora, abraza, ríe y calla con estos pequeños que le han robado el corazón. Hoy, abre su consulta a Misión para ayudarnos a atisbar un poco mejor este gran misterio que es la enfermedad de un niño. Pero empecemos por el principio.

¿Cómo se supera el miedo inicial ante el diagnóstico de cáncer de un hijo?
Al principio los padres están aterrorizados, ¿cómo no vas a tener miedo a la enfermedad de un hijo? Pero parte del miedo se cura con información, por eso les hacemos expertos en la enfermedad. Aquí todos los niños conocen su diagnóstico, su tratamiento y los efectos secundarios más importantes. Conocí a un niño en un hospital en el que trabajé que se llamaba Gorka. Le pregunté: “¿Tú qué tienes?” Y me dijo: “Una diabetis”. Tenía un linfoma. Así que me dirigí a sus médicos y les pregunté: “¿Por qué le habéis dicho que tiene una diabetes, que es una enfermedad que no se cura, en vez de un linfoma, que sí se cura?” Por eso aquí todos saben el nombre exacto de su enfermedad. Informamos a la vez a padres e hijos. Esa escena de habitación de hospital en la que sale la madre para hablar con el médico es aterradora para el niño. Así que jamás hablamos con unos padres en un pasillo, hablamos con el niño y, a través de él, con los padres. Cuando es necesaria una conversación a puerta cerrada la tenemos siempre en el despacho. Esto es especialmente importante en el adolescente, puesto que necesita confiar en su médico y no saber que están hablando de él “por detrás”. Otra parte del miedo se cura caminando por dos carriles: el de la confianza y el de la esperanza. Cuando digo esto, los padres interpretan que significa que confíen en mí, y no es en mí en quien tienen que confiar; la confianza y la esperanza están mucho más arriba.

¿Se puede llegar a entender la enfermedad de un niño?
La primera pregunta que se hacen las familias cuando vienen es por qué, ¿por qué está mi hijo enfermo?... y esa no es la pregunta. Esa pregunta te tira al pozo, porque no podemos saber por qué este niño sí y este otro no. La pregunta correcta es para qué. Yo les digo: “Cuando te levantes, pregúntate qué estás haciendo en este mundo. No se me ocurre mejor respuesta que acompañar a un hijo en una enfermedad grave. Y ahora mismo lo que necesita el niño eres tú”. Los niños buscan la seguridad en la mirada de sus padres y lo que más les asusta es verles inseguros. Dicen que los niños, a diferencia de los adultos, no sufren de más compadeciéndose de sí mismos.

¿Ha notado usted un modo peculiar en los niños de vivir la enfermedad?
Yo coloco a los padres desde el primer día en la situación. “El que está enfermo es tu hijo, tú no tienes leucemia, estás en este mundo para acompañarlo y eres un privilegiado porque lo vas a poder hacer. Así que, cuando te levantes, coge la pasta de dientes, pinta un ombligo en el espejo y cuando te canses de mirarlo sal a la calle. No mires tu propio dolor porque estarás perdiendo un tiempo que puedes ocupar en ver y oír cosas que nunca imaginaste que ibas a ver u oír”. Así salen de ese bucle en el que entran. Y eso se aplica al adulto enfermo. Es verdad que, cuando te duele algo, ese dolor ocupa todo en ese momento, pero los médicos tenemos formas de quitar el componente físico del dolor; el componente psicológico y espiritual es otro tema, que trabajamos en este camino. Yo creo que los adultos podemos comportarnos como los niños. Seguro que conocemos a enfermos adultos que, aun estando gravemente enfermos, están sacando a la vida todo lo que la vida tiene. Si no tienes dolor y te encuentras bien, ¿por qué no vas a ir a trabajar?, ¿por qué vas a renunciar a la vida, si hay tanta vida dentro de una enfermedad? Por eso los niños que no pueden no van al colegio, pero si pueden, van, porque eso les hace sentirse bien, seguros y tranquilos. La enfermedad no es un paréntesis en la vida; forma parte de ella. Hay mucha más vida dentro de la enfermedad que fuera de ella, es mucho más real lo que vives cuando estás enfermo. Una de las grandes lecciones de mi vida me la dio Dani, que en medio de su enfermedad hizo todos los viajes y planes que quiso, y no faltó al instituto ni un solo día. Él me marcó el camino que pienso vivir.

¿Qué cambios percibe en padres e hijos desde que llegan aquí hasta que se marchan con el sello de "curados"?
Ese es el gran milagro. Cambian como personas, cambian su escala de valores, descubren lo que es importante, utilizan otro lenguaje, incluso un lenguaje médico… Antes, si el niño se hacía un esguince, era un trauma, ahora no. La vida cambia, pero integramos la enfermedad en la vida normal de la familia. Cuando comencé en esto, solo el 40% de los niños se curaba; hoy en día, se cura más del 80%. Así que el objetivo de mi trabajo no es solo curar al niño, sino lograr que llegue a ser un adulto sano desde el punto de vista físico, psíquico, social y espiritual. Y por eso esta unidad funciona así.

Y cuando no se puede curar a un niño, ¿en qué consiste su labor?
Tratamos de curar a la familia. Cada quince días me reúno con dos grupos de padres de niños que murieron. Nos acompaña un sacerdote y ellos me han enseñado que esto vale la pena, incluso cuando entra un niño por la puerta con un tumor que sé que no se puede curar. Si se cura o no también he aprendido que no está en mis manos. El día que entendí el concepto de ser instrumento la cosa cambió. Y tengo que ser un instrumento muy afinado y aportar todo lo que puedo como médico y persona que soy.

¿Qué consuelo puede haber para un padre al que se le muere un hijo?
Cuando estás roto de dolor porque se te ha muerto un hijo, el pensar que tienes que estar en esta vida porque tienes que cuidar de otros hijos, no basta. Te ayuda saber que hay cosas que no acaban con la muerte, y que no vas a dejar de querer a tu hijo. Yo buscaba el alma en las autopsias, es decir, pensaba que todo se acaba aquí, que somos células y punto. Pero descubrí que hay algo más que no se pesa, que no se mide, pero que está, y que además es mucho más real que las propias células. Yo creo que el sentido de la vida es aprender a vivir con otro tipo de presencia. Aquí los niños se mueren con mucha Vida, y los padres se agarran a esa Vida. Esto es un camino que tienen que recorrer y en el que hay unas caídas tremendas, pero las caídas acaban siendo cada vez más blandas en la medida que van mirando más “hacia arriba”. Ellos me han enseñado que se puede ser feliz en medio del dolor. Les ayudamos a entender que el sentido está dentro de ellos. Si hubo alguien que murió y resucitó y dijo “yo me voy a quedar con vosotros hasta el fin de los tiempos”, y nosotros seguimos ese camino, pues si mueres, estás; de otra forma, pero estás.

¿Cómo ha pasado de "buscar el alma en las autopsias" a sentir con claridad que la vida continúa tras la muerte?
El punto de inflexión fue ver morir a mi hermano Javier. Murió en seis meses y verle evolucionar durante su enfermedad me cambió. Murió en mis brazos con cara de niño y me dije: “Me estoy perdiendo algo”. Hubo una caída del caballo, y llegué a entender que la muerte no es la última palabra, que no estamos aquí por casualidad, que estamos hechos para ser felices, que somos muy queridos y que tenemos mucha capacidad de querer.

¿Hasta qué punto le ha afectado el trato diario con niños enfermos en la relación con sus propios hijos?

Yo soy médico incombustible, nací para esto y soy médico las 24 horas del día, no desconecto. Igual que mis hijos están en mi cabeza por la mañana cuando estoy en el hospital, los niños del hospital están conmigo cuando estoy en casa, forman parte de mí. Eso no quiere decir que no sufra; me cuesta venir al hospital todas las mañanas y enfrentarme a lo que me tengo que enfrentar, y el día que me deje de costar dejaré de ser médico.

¿Podría trabajar en esto sin fe?
Yo no tenía fe y era un médico relativamente bueno. Pero ahora sé perfectamente qué hago en este mundo. Además, sé que los niños que murieron están con Jesús y Jesús está vivo, sé que están bien y que me siguen queriendo un montón. Tener esa experiencia todos los días me ha hecho inmensamente feliz.

¿Se puede ser un buen médico sin fe?
Probablemente sí, pero se es mucho más feliz con fe.

* * *
Gracias a la unidad de oncología pediátrica que dirige Blanca López-Ibor y al empeño de la presidenta de la Fundación Mujer, Familia y Trabajo, Gloria Juste, se consiguió hace un año que el Ministerio de Trabajo aprobara la prestación por cuidado de menores afectados por cáncer u otra enfermedad grave, con el fin de que uno de los padres tenga un permiso laboral para acompañar a su hijo. “No es un derecho de los padres, es un derecho del niño a estar con sus padres cuando está enfermo en el hospital o en casa y no puede ir al colegio”.

Ahora, la doctora se ha marcado un nuevo objetivo: convencer a los colegios de que los niños con cáncer son como los demás y deben ser tratados como tal. “Hay algunos centros donde les regalan las notas, y eso ofende a un niño profundamente”, explica. “Los niños no quieren ser héroes ni quieren dar pena, no desean ser especiales; por eso, debemos crear una cultura de verdad, no una cultura desde la pena ni desde el morbo. La enfermedad forma parte de la vida, le da sentido, la enriquece, te hace descubrir lo importante y te hace feliz, porque descubres a la gente que te quiere y lo que tú eres capaz de querer”.

lunes, octubre 15, 2012

¿Por qué lo olvidamos?

Para Jesús, el primero no es el que ocupa un cargo de importancia, sino quien vive sirviendo y ayudando a los demás...
Camino de Jerusalén, Jesús sigue instruyendo a sus discípulos sobre el final que le espera. Insiste una vez más en que será entregado a los hombres y estos lo matarán, pero Dios lo resucitará. Marcos dice que "no le entendieron y les daba miedo preguntarle". En estas palabras se adivina la pobreza de los cristianos de todos los tiempos. No entendemos a Jesús y nos da miedo ahondar en su mensaje.

Al llegar a Cafarnaún, Jesús les pregunta: "¿De qué discutíais por el camino?". Los discípulos se callan. Están avergonzados. Marcos nos dice que, por el camino, habían discutido quién era el más importante. Ciertamente, es vergonzoso ver al Crucificado acompañado de cerca por un grupo de discípulos llenos de estúpidas ambiciones. ¿De qué discutimos hoy en la 

Iglesia mientras decimos seguir a Jesús?
Una vez en casa, Jesús se dispone a darles una enseñanza. La necesitan. Estas son sus primeras palabras: "Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos". En el grupo que sigue a Jesús, el que quiera sobresalir y ser más que los demás, se ha de poner el último, detrás de todos; así podrá ver qué es lo que necesitan y podrá ser servidor de todos.

La verdadera grandeza consiste en servir. Para Jesús, el primero no es el que ocupa un cargo de importancia, sino quien vive sirviendo y ayudando a los demás. Los primeros en la Iglesia no son los jerarcas sino esas personas sencillas que viven ayudando a quienes encuentran en su camino. No lo hemos de olvidar.

Para Jesús, su Iglesia debería ser un espacio donde todos piensan en los demás. Una comunidad donde estamos atentos a quien nos puede necesitar. No es sueño de Jesús. Para él es tan importante que les va a poner un ejemplo gráfico.

Antes que nada, acerca un niño y lo pone en medio de todos para que fijen su atención en él. En el centro de la Iglesia apostólica ha de estar siempre ese niño, símbolo de las personas débiles y desvalidas, los necesitados de apoyo, defensa y acogida. No han de estar fuera, junto a la puerta. Han de ocupar el centro de nuestra atención.

Luego, Jesús abraza al niño. Quiere que los discípulos lo recuerden siempre así. Identificado con los débiles. Mientras tanto les dice: "El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí...acoge al que me ha enviado".

La enseñanza de Jesús es clara: el camino para acoger a Dios es acoger a su Hijo Jesús presente en los pequeños, los indefensos, los pobres y desvalidos. ¿Por qué lo olvidamos tanto?

José Antonio Pagola

jueves, septiembre 20, 2012

Por nuestro querido Pedrito Landázuri


 Con toda la pena que se siente en el pecho y con la tristeza de la pérdida de un amigo, les comunicamos que nuestro querido Pedrito Landázuri a muerto este miércoles 19 de septiembre de 2012.

Su cuerpo se está velando Frente a la Iglesia del Girón y la misa será a las 17:00 este jueves 20 de septiembre de 2012.

Un fuerte abrazo solidario a nuestra querida Maríita Arias, de todos los que hacemos los carmelo4ever.

De seguro que el Padre bueno saldría al encuentro de uno de sus hijos predilectos y ahora se encuentra resucitado junto a los que ya se nos adelantaron.

Toda nuestra solidaridad en este momento tan duro y triste.

miércoles, junio 27, 2012

El Dar y Recibir Consuelo I

 "La palabra consuelo es hermosa. Significa 'ser con el que está solo'(solus). Brindar consuelo es una de las maneras más importantes de cuidar del otro. La vida está tan llena de dolor, tristeza y soledad que con frecuencia nos preguntamos qué podríamos hacer para aliviar los inmensos sufrimientos que vemos.

Podemos y debemos ofrecer consolar a la madre que perdió a su hijo, al joven que contrajo sida, a la familia que se le incendió la casa, al soldado que fue herido, al adolescente que está pensando en suicidarse, al anciano que se pregunta por qué tiene que seguir viviendo.

Consolar no significa quitar el dolor, sino estar junto al que lo sufre y decirle: 'No estás solo. Yo estoy contigo. Juntos podemos llevar nuestra carga. No tengas miedo. Yo estoy aquí'. Eso es consuelo.
Todos necesitamos tanto darlo como recibirlo".

Henri Nouwen. Pan Para El Viaje.

lunes, octubre 24, 2011

EL TESTIGO MAYOR DEL SOÑADOR, SE FUE, PERO SUS SUEÑOS QUEDAN

Nidia Arrobo Rodas[1][1]

“Soy una flor que no solo está pendiente del futuro sino que tiene sus raíces en el futuro.  El Resucitado-Resucitador es mi futuro Absoluto.”
Padre Agustín Bravo Muñoz

En el lecho del Hospital Andino de Riobamba hace ocho días visité al Padre Agustín Bravo Muñoz y con dolor hasta las lágrimas constaté como inexorablemente se apagaba la fecunda vida de quien fuera fiel amigo, servidor y  Vicario de Mons. Leonidas Proaño, el obispo de los indios y profeta de los pobres.

Su cuerpo envejecido por los años, acabado por esa entrega total, radical a la causa del Reino, a la causa evangélica de la opción preferencial por los pobres, a la causa de la liberación de los pueblos indios se extinguía, como se extingue el sol crepuscular para dar paso al reposo, al descanso. Y me estremecí al ver como su palabra viva, su gesto de acogida, su sonrisa amplia y sincera, su humor fino… se habían apagado.  Al escuchar mi nombre abrió sus ojos -antes vivaces e inquietos- y me miró… Se había sumergido ya en el SILENCIO total y escaseaban las horas en las que su respiración prosiguiera, único signo de sobrevivencia. Sin embargo una profunda serenidad lo acompañaba, quizás meditaba en esas frases que escribiera años ha en el margen de la página 24 del Tomo VII de la Teología Dogmática de Michael Shmaus “Más allá de la muerte y de la hora de mi muerte me espera la plenitud de la vida: Jesús - la Resurrección y la Vida” y, “El más allá no es un lugar. De entrega en entrega el hombre va viviendo la peregrinación de la fe, hacia la consumación de la entrega total en Dios”

Y, el jueves 13 de octubre a las 8h30 de la noche partió raudo a la Casa del Padre, partió al re-encuentro con los suyos, al re-encuentro con Mons. Proaño a quien defendió con todas sus fuerzas y a quien acompañó incondicionalmente en su largo peregrinaje de liberación durante toda su vida y aún más, después de su muerte. Partió al re-encuentro con sus compañeros de cárcel y de luchas; al re-encuentro en fin con los otros grandes padres de la Iglesia Latinoamericana con quienes soñó en dar vida al Vaticano II, Medellín y Puebla; en la urgencia de la construcción de los cielos nuevos y las tierras nuevas; en el cambio de la Iglesia piramidal en la iglesia viva, pueblo de Dios en marcha, y en la construcción de la sociedad nueva.

Desde el sábado 15 nos sigue evangelizando –como un pobre más- desde su morada en tierra, en el Cementerio general de Riobamba.

Lector voraz, dotado de una preclara inteligencia, gozó siempre de una clarividencia evangélica, de una profunda serenidad, de un humor fino, de una tenacidad y de una coherencia de vida puestas a prueba. Él, el teólogo de la liberación nos mantuvo siempre al día de las grandes corrientes teológicas y humanistas; él, atento al devenir de la Iglesia ecuatoriana, proféticamente nos anticipaba su accionar y nos acompañaba en nuestros compromisos; él profundamente lleno del Espíritu, nos animaba a proseguir por los caminos ciertos de la liberación, tras las huellas de Mons. Proaño.

El Padre Agustín constituyó para nuestra entidad la Fundación Pueblo Indio del Ecuador y para el Centro de Formación de Pucahuaico creados por Mons. Proaño, escudo, soporte y cobijo en esta era de invierno eclesial; fue para la Iglesia de los Pobres y las Comunidades Eclesiales de Base puntal firme y palabra sabia; y para todos, referente vivo de fidelidad a la causa del Evangelio liberador, a la causa de los empobrecidos, de los pueblos indios y a la herencia profética del Obispo de los Indios.

Sus agudos y clarividentes escritos nos acompañan, sus poemas y teologías nos son imprescindibles para continuar en este “carnaval de la vida” que, como buen guarandeño de vez en cuando nos recordaba

“El carnaval de la vida
es vida del carnaval
disfraz de Pascua Florida
sin cura ni sacristán.”

Quito, 19 de octubre de 2011